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¿Así que más soya transgénica?

¿Así que más soya transgénica?

Rafael Puente*

viernes, 24 de abril de 2020

Hace mucho tiempo que se sabe que  el cultivo de productos transgénicos resulta más rentable (se ahorra tareas de desyerbe, se puede esperar una cosecha más abundante) a costa de la salud de los consumidores y a pesar los graves inconvenientes que plantea (desgaste más acelerado de los terrenos de cultivo, las semillas de los productos transgénicos no sirven), pero desde el punto de vista especulativo resulta mayor negocio (para los terratenientes, por supuesto, no para el productor campesino).

Sin embargo, en nuestro país la producción agrícola ha estado hace mucho tiempo en manos de los grandes terratenientes, a quienes lo que interesa es el negocio. Para ellos la Madre Tierra no es madre, es un objeto de compra y venta, y como cuentan con el apoyo de todos los gobiernos (incluidos el segundo y el tercer gobierno de Evo Morales), no les importa que las tierras se agoten rápido, porque siempre consiguen autorización para desmontar nuevas tierras vírgenes y seguir con el negocio.

Desde luego en nuestro país no es la soya el único producto transgénico (ahí está también el algodón, por ejemplo), pero es el más apetecido (por la importancia del mercado internacional). 

Los sucesivos gobiernos fueron cada vez más blandos y permisivos respecto de la soya transgénica; incluso Evo Morales, en los positivos años de su primer gobierno en que sorprendió al mundo con la afirmación de que “los derechos de la Madre Tierra son más importantes que los Derechos Humanos”, no estuvo a la altura de sus propias ideas, y nuestros empresarios soyeros (como parte importante de la poderosa CAO) estuvieron siempre dañando a la naturaleza. A esta ansia de negocios a costa de la Madre Tierra se suman los incendios de bosques naturales para contar con más tierras para cultivo, atrocidad que fue sostenida por sucesivos gobiernos (incluyendo los de Evo, con el escalofriante incendio de la Chiquitania), pero ahora hemos llegado al tope con las nuevas normas favorables a ese tipo de cultivo. Y del actual gobierno, por muy provisional que sea, cabía esperar un mínimo de respeto a la naturaleza.

Además, la soya transgénica no es saludable para el organismo de sus consumidores, y somos la mayoría de la población quienes consumimos soya casi cotidianamente, ya sea en forma de harina, de fideos, de leche; y por tanto quienes nos estamos condenando a pagar con nuestra salud el negocio de los empresarios soyeros.

Por supuesto no es ése el único daño que hacemos a nuestra salud —más amenazada que nunca con la pandemia del coronavirus— pero es probablemente el más extendido y el más relacionado con los intereses de las oligarquías del Oriente y las empresas transnacionales. Ya es tiempo de que el actual Gobierno, que por las circunstancias internacionales está resultando menos transitorio (y por tanto más cargado de responsabilidades), asuma posiciones coherentes con los intereses del país (y con los derechos de la Madre Tierra) y frene los afanes sectoriales que van en contra de la naturaleza. ¿No está de acuerdo, señora presidenta Jeanine Añez? ¿No considera que su mandato tiene que defender los intereses de la mayoría de la población y no sólo los intereses de las oligarquías del Oriente?

 Una medida inolvidable de su parte sería la promulgación de un decreto que —respaldado por la Constitución vigente— vaya a defender a la Madre Tierra y a la gran masa de consumidores que nos vemos cada vez más amenazada nuestra salud por la interminable deforestación, por el innecesario y criminal “chaqueo” consistente en la quema de bosques y por el cultivo de transgénicos. Incluso es a partir de ahí que podría tener sentido su campaña electoral… ¿No lo cree así?

 
*Es miembro del Colectivo Urbano por el Cambio (CUECA) de Cochabamba.

Socialidad quebrantada

Socialidad quebrantada

Erick Torrico Villanueva

17 de abril de 2020

La mayoría de las personas, que toman esto como un dato normal, no suelen estar plenamente conscientes de que lo fundamental de la vida humana se desarrolla en el seno de las relaciones sociales. Todos dependen de todos o cada quien necesita del otro podrían ser dos fórmulas para resumir tal condición, pero lo cierto es que en la dinámica cotidiana muy poca gente se pone a pensar en esta cuestión, la reconocen y valoran.

Sin embargo, en una circunstancia como la que atraviesa hoy el mundo, ese tejido “natural” de vínculos sociales, la socialidad, se ha convertido en una de las primeras y principales víctimas, por lo que su quebrantamiento es fácil de sentir. Recién ahora algunos parecen comenzar a darse cuenta de que sólo se puede ser con los otros y de que esos otros no son meras fichas en juegos de intereses egoístas.

Aislamiento, distanciamiento y confinamiento son las palabras de orden en estos días, que se yerguen como certeza de seguridad y sobrevivencia, al punto de que se necesita y hasta se reclama la intervención del poder estatal –en negación de uno de sus tradicionales fines– para que la colectividad se mantenga disgregada, pues esa desunión, paradójicamente, puede asegurar su futuro en cohesión.

Una separación de tal carácter, si se la considera obligatoria, implica como es obvio el establecimiento de ciertas restricciones y, por tanto, de forma casi inevitable entrará en colisión con el ámbito de los derechos. Consecuentemente, las garantías democráticas –allí donde tienen vigencia– resultan objeto de preocupación. ¿Cuán compatibles son determinadas medidas adoptadas por las autoridades en nombre de un bien social mayor –la salud pública, en este caso– con la protección efectiva de las libertades ciudadanas? ¿Es posible encontrar un punto de equilibrio para esa complicada relación entre lo colectivo y lo individual? ¿O es que, al tratarse de una situación de emergencia generalizada, y por ende fuera de lo ordinario, gobiernos y ciudadanos tendrían que sujetarse también a parámetros de excepcionalidad?

Sin pretender dar una respuesta definitiva a este complejo dilemático, cabe señalar que los alcances del problema que se enfrenta, tanto como las maneras reales en que es factible encararlo, deben ser evaluados más allá de cualquier motivación coyuntural. Y una dimensión central en este análisis indispensable es la de la ya mencionada socialidad, su estado actual y su próximo devenir.

Al momento, en los lugares que cuentan con relativas condiciones para ello, las redes digitales están permitiendo que el vínculo social se mantenga más o menos presente. No obstante, este desplazamiento de los encuentros cara a cara al espacio de la virtualidad tiene claros límites y no puede atender las necesidades de los muchos grupos humanos que no son parte de los “conectados” ni está en capacidad de hacerse cargo de las múltiples dificultades que afrontan y tendrán todas aquellas actividades que dependen de su lazo con diversos públicos.

La socialidad está, pues, interrumpida y su restitución se avizora sumamente ardua. Y peor si, como viene ocurriendo en el país, no dejan de operar los que aportan obstáculos desde la especulación informativa, política o económica.

Que la Organización Mundial de la Salud proponga con buen criterio hablar de “distanciamiento físico” en lugar de “distanciamiento social” constituye una puntualización adecuada y de algún modo tranquilizadora, pero tal expresión no cambia el hecho de que la humanidad va camino hacia unas sociedades quebradas, en sentido amplio.

¿Cómo será la socialidad posterior a la pandemia? Es difícil saberlo, aunque sí puede decirse que no podrá ser la misma con la que se vivía hasta hace pocas semanas.

*Especialista en Comunicación y análisis político

Twitter: @etorricov

Las víctimas mortales de Evo Morales

Manuel Gonzales Callaú

enero 2020

El último fraude electoral organizado por el Movimiento Al Socialismo (MAS) de Evo Morales ha puesto al descubierto que ese régimen había preparado grupos violentos de choque que desatarían el caos en caso de que se descubriera su delito, con el fin mantenerse en el poder a cualquier costo.

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Espinal

Espinal*

Espinal opinion

OPINIÓN

Alfonso Gumucio Dagron

sábado, 21 de marzo de 2020 · 00:11

Solamente vivió 12 años en Bolivia, pero 40 años después de su muerte el legado de Luis Espinal no deja de crecer. Tenía apenas 35 años cuando llegó a nuestro país el 6 de agosto de 1968, y 47 cuando fue secuestrado, torturado y asesinado, por haberse convertido en el emblema del periodismo independiente y combativo. 

Desde las páginas del semanario Aquí Lucho nos dio a un grupo de periodistas jóvenes la oportunidad de decir lo que pensábamos sobre el país y de luchar contra los afanes golpistas, contra la corrupción y contra el abuso de poder. 

Fue nuestra escuela no solo de periodismo, sino nuestra escuela de ética. Bajo su dirección y gozando el privilegio de su amistad, nos sentíamos seguros de que era correcto lo que hacíamos, de que valía la pena arriesgarlo todo para decir la verdad y revelar lo que los medios de información excesivamente cautos no se atrevían a publicar. 

Nunca retrocedimos ante el peligro, ni cuando nos pusieron una bomba en las oficinas a principios de 1980, ni cuando asesinaron a Lucho durante la noche del 21 al 22 de marzo de ese mismo año. Seguimos con el trabajo mientras se pudo, imprimiendo el semanario en una imprenta clandestina, con el apoyo de miembros de la Asamblea de Aquí que hacían el enorme trabajo de plegar los ejemplares durante la madrugada y distribuirlos. Erick de Waseige y Amparo Carvajal, entre muchos otros, fueron pilares en esas etapas difíciles que vivimos hasta el golpe artero del general García Meza el 17 de julio de 1980.

El tiempo nos juega con frecuencia triquiñuelas. Llevo 40 años recordando aquella noche fatídica, cuatro décadas recordando el profundo compromiso con Bolivia de ese joven cura español que eligió nuestro país como destino final. El tiempo se comprime cuando uno ha vivido los hechos de cerca. Para otros, parece un pasado remoto. Para nosotros, algo que todavía tenemos a flor de piel, como si hubiera sucedido hace muy poco tiempo. 

A pesar del trágico desenlace que tuvo la vida de Luis Espinal, yo conservo sobre todo gratos recuerdos de su amistad. No nos unía solamente el compromiso en el semanario Aquí, sino también el cine. En buena medida él me impulsó para ir a estudiar cine a Europa y fue gracias a los primeros cursillos sobre cine que dio en La Paz que yo empecé a escribir regularmente sobre cine como lo sigo haciendo hasta ahora. 

Creamos junto a Pedro Susz, Julio de la Vega y Carlos Mesa una Asociación de Críticos de Cine de Bolivia (Cribo) de corta duración, pero nuestras recomendaciones sobre películas se publicaban en el semanario Aquí. Lucho y yo participamos junto a Oscar Cacho Soria en la escritura de los primeros guiones de Chuquiago de Antonio Eguino. Luis escribió la historia de “Isico” y yo la de “Patricia”. 

Solía visitarlo en su casa en Miraflores para tomarnos un whisky mientras me mostraba sus tallados de madera y hablábamos de cine, nuestra pasión común. Bolivia le quedaba chica en ese sentido, por eso sentía el deber de ejercer como pedagogo del cine, ya sea en la Universidad Mayor de San Andrés (donde daba su clase justo antes que yo), en sus cursillos, en colegios y a través de su colección de pequeños libros de cine que ahora se reeditarán con un prólogo que me ha pedido escribir la Editorial Don Bosco. 

Durante cuatro décadas he escrito dos libros e infinidad de artículos sobre Luis Espinal. Cada vez que visito la tumba de mi padre en el Cementerio General de La Paz dejo un clavel en el nicho Lucho. Nunca le faltan flores frescas. 

Lucho está presente en mi vida cotidiana y en mis decisiones. Siento su presencia constantemente. Cada vez que miro nuestro país me pregunto cuál sería su comentario sobre la situación social y sobre los personajes de nuestra política. Imagino que al igual que Xavier Albó y que tantos otros se hubiera decepcionado de un “proceso de cambio” corrupto y mentiroso, que ha vaciado al país de sus recursos naturales y ha endeudado a varias generaciones futuras. 

No lo dudo, Lucho estaría otra vez luchando en la trinchera de la verdad y de la ética, contra la impostura y el oportunismo. 

@AlfonsoGumucio es escritor  y cineasta .

*Publicado en el diario Página Siete de La Paz, el sábado 21 de marzo de 2020

Esperanzas de paz social

Rafael Puente*

Viernes, 20 de diciembre de 2019

Precisamente, en momentos en que el país todavía se encuentra conmocionado por la violencia masiva que se desató en octubre y noviembre, con un alto número de personas heridas, y muertas, y con muchos daños materiales; por tanto, en momentos en que el peligro que corremos es el de profundizar la pelea y la división, y, peor aún, en momentos en que el Órgano Ejecutivo está en manos de partidos de derecha, y el Legislativo se encuentra totalmente controlado por el MAS, precisamente en esta coyuntura, resulta positiva y patriótica la actitud de los parlamentarios masistas, que a la hora de convocar a nuevas elecciones han optado por el diálogo.

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