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Usos políticos de la libertad de expresión

Usos políticos de la libertad de expresión

Erick R. Torrico Villanueva*

Una cosa es que la libertad de expresión sea en sí misma política, porque corresponde al ámbito de lo público y tiene efectos sobre él; otra es que en determinadas circunstancias sea utilizada por intereses políticos.

Esta libertad funciona como una garantía individual, y así está reconocida constitucionalmente, pero tiene un alcance social, pues implica el necesario intercambio de opiniones e informaciones.

Gracias a ella, toda persona debe poder manifestar sus ideas sin impedimentos de ningún tipo —en particular, sin interferencia del Estado—, así como participar en la vida colectiva y en el control democrático de la gestión pública por medio de la formación de una opinión social pluralista.

El principio básico que la asegura es la prohibición de la censura previa, de modo que no puede haber nada ni nadie que diga de qué está permitido hablar o no, por lo que aun lo que en cierto momento resulte indeseable tiene el derecho de ser conocido. Sin embargo, como pasa en realidad con todos los tipos de libertad, la de expresión no es una posibilidad irrestricta, dado que toda sociedad regula la preservación de su existencia.

En Bolivia, ya la Constitución Vitalicia promulgada por Simón Bolívar en 1825 establecía que “todos pueden comunicar sus pensamientos de palabra, o por escrito, y publicarlos por medio de la imprenta sin previa censura, pero bajo la responsabilidad que la Ley determina”. Ese mismo espíritu impregnó la Ley sobre la libertad de imprenta, sus abusos y penas, de 1826, norma que fue la base de la Ley de Imprenta de 1925 todavía vigente.

El primer artículo de esta última, aplicable hoy por analogía a todos los otros medios y recursos de difusión de ideas que no sean impresos, dice: “Todo hombre tiene el derecho de publicar sus pensamientos por la prensa, sin previa censura, salvo las restricciones establecidas por la presente ley”.

Y la Constitución de 2009 contempla el derecho “A expresar y difundir libremente pensamientos u opiniones por cualquier medio de comunicación”, a acceder y a comunicar informaciones libremente (Art. 21, incisos 5 y 6), además de que declara que “El Estado garantiza a las bolivianas y los bolivianos el derecho a la libertad de expresión, de opinión y de información, a la rectificación y la réplica, y el derecho a emitir libremente las ideas por cualquier medio de difusión, sin censura previa” (Art. 106, numeral II). También señala que las informaciones y opiniones difundidas deberán “respetar los principios de veracidad y responsabilidad”, mismos que serán ejercidos “mediante las normas de ética y de autorregulación de las organizaciones de periodistas y medios de comunicación y su ley” (Art. 107, numeral II).

Es claro, por tanto, que las normas nacionales prevén límites para la libertad de expresión. Son los “delitos de imprenta” marcados por la Ley de 1925, que pueden ser “contra la Constitución” (querer transformarla, destruirla o inducir a su inobservancia), “contra la sociedad” (comprometer la existencia o integridad nacional, incitar a conmocionar el orden público o a desobedecer leyes o autoridades, llamar a delinquir o publicar obscenidades) y “contra las personas” (injuriarlas). Estos delitos tienen que ser conocidos por los Jurados de Imprenta –salvo el tercer tipo que también puede ser llevado a tribunales ordinarios– y su sanción es pecuniaria. No hay delito sin publicación y la crítica de la función pública no es delito a menos que suponga injuria, difamación o calumnia.

Estas disposiciones son congruentes con las que rigen en el plano internacional. El derecho a la libertad de expresión surgió en Inglaterra a mediados del siglo XVII, su primera codificación normativa apareció en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789, en Francia. La Declaración Universal de los Derechos Humanos incluyó esta libertad en 1948 (Art. 19), el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos en 1966 (Art. 19) y la Convención Americana sobre Derechos Humanos en 1969 (Art. 13).

Según el Pacto, esta libertad implica "deberes y responsabilidades especiales" y está sujeta "a ciertas restricciones" relacionadas con el respeto de "los derechos o la reputación de otros" o con "la protección de la seguridad nacional o del orden público, o de la salud o la moral públicas" (Art. 19). La Convención ratifica la prohibición de la censura previa y agrega la noción de “responsabilidades ulteriores” del infractor, mismas que “deben estar expresamente fijadas por la ley” (Art. 13, inciso 2).

En ese marco, tanto la interpretación imprecisa del reciente decreto 4200 de reforzamiento de las medidas en contra del contagio y la propagación del coronavirus, que dispone que “Las personas que inciten el incumplimiento del presente Decreto Supremo o desinformen o generen incertidumbre a la población, serán sujeto de denuncia penal por la comisión de delitos contra la salud pública” (Art. 13, numeral II), como la desinformación sobre la pandemia y el período de cuarentena muestran que la libertad de expresión está siendo objeto de utilización.

Para controlar esta riesgosa situación, es indispensable que autoridades, activistas políticos, periodistas y ciudadanos en general se ajusten a la normativa nacional y a los respectivos estándares internacionales. Violentar la libertad de expresión es atentar contra un derecho de todos.

*Especialista en Comunicación y análisis político

Twitter: @etorricov

(Publicado en ANF el lunes 4 de mayo de 2020)

El mejor oficio del mundo, el periodismo

El mejor oficio del mundo, el periodismo

Gabriel García Márquez*

No es la primera vez que este Semanario reproduce este preciso texto de Gabriel García Márquez sobre el mejor oficio del mundo, el periodismo, el que fue pronunciado ante la 52ª asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), en Los Ángeles, Estados Unidos, el 7 de octubre de 1996.

Gabo, como le decían, ejerció el periodismo con pasión y con esa dedicación saludamos a los periodistas de Bolivia en su día.

Gabriel Garcia Marquez en El Espectador

Gabriel García Márquez en la sala de redacción de El Espectador. / Archivo

A una universidad colombiana se le preguntó cuáles son las pruebas de aptitud y vocación que se hacen a quienes desean estudiar periodismo y la respuesta fue terminante: “Los periodistas no son artistas”. Estas reflexiones, por el contrario, se fundan precisamente en la certidumbre de que el periodismo escrito es un género literario. Hace unos cincuenta años no estaban de moda las escuelas de periodismo. Se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Todo el periódico era una fábrica que formaba e informaba sin equívocos, y generaba opinión dentro de un ambiente de participación que mantenía la moral en su puesto. Pues los periodistas andábamos siempre juntos, hacíamos vida común, y éramos tan fanáticos del oficio que no hablábamos de nada distinto que del oficio mismo. El trabajo llevaba consigo una amistad de grupo que inclusive dejaba poco margen para la vida privada. No existían las juntas de redacción institucionales, pero a las cinco de la tarde, sin convocatoria oficial, todo el personal de planta hacía una pausa de respiro en las tensiones del día y confluía a tomar el café en cualquier lugar de la redacción. Era una tertulia abierta donde se discutían en caliente los temas de cada sección y se le daban los toques finales a la edición de mañana. Los que no aprendían en aquellas cátedras ambulatorias y apasionadas de veinticuatro horas diarias, o los que se aburrían de tanto hablar de lo mismo, era porque querían o creían ser periodistas, pero en realidad no lo eran.

El periódico cabía entonces en tres grandes secciones: noticias, crónicas y reportajes, y notas editoriales. La sección más delicada y de gran prestigio era la editorial. El cargo más desvalido era el de reportero, que tenía al mismo tiempo la connotación de aprendiz y cargaladrillos. El tiempo y el mismo oficio han demostrado que el sistema nervioso del periodismo circula en realidad en sentido contrario. Doy fe: a los diecinueve años —siendo el peor estudiante de derecho— empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso.

La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural, y el mismo ambiente de trabajo se encargaba de fomentarla. La lectura era una adicción laboral. Los autodidactas suelen ser ávidos y rápidos, y los de aquellos tiempos lo fuimos de sobra para seguir abriéndole paso en la vida al mejor oficio del mundo… como nosotros mismos lo llamábamos. Alberto Lleras Camargo, que fue periodista siempre y dos veces presidente de Colombia, no era ni siquiera bachiller.

La creación posterior de las escuelas de periodismo fue una reacción escolástica contra el hecho cumplido de que el oficio carecía de respaldo académico. Ahora ya no son sólo para la prensa escrita sino para todos los medios inventados y por inventar.

Pero en su expansión se llevaron de calle hasta el nombre humilde que tuvo el oficio desde sus orígenes en el siglo XV, y ahora no se llama periodismo sino ciencias de la comunicación o comunicación social. El resultado, en general, no es alentador. Los muchachos que salen ilusionados de las academias, con la vida por delante, parecen desvinculados de la realidad y de sus problemas vitales, y prima un afán de protagonismo sobre la vocación y las aptitudes congénitas. Y en especial sobre las dos condiciones más importantes: la creatividad y la práctica.

La mayoría de los graduados llegan con deficiencias flagrantes, tienen graves problemas de gramática y ortografía, y dificultades para una comprensión reflexiva de textos. Algunos se precian de que pueden leer al revés un documento secreto sobre el escritorio de un ministro, de grabar diálogos casuales sin prevenir al interlocutor, o de usar como noticia una conversación convenida de antemano como confidencial. Lo más grave es que estos atentados éticos obedecen a una noción intrépida del oficio, asumida a conciencia y fundada con orgullo en la sacralización de la primicia a cualquier precio y por encima de todo. No los conmueve el fundamento de que la mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor. Algunos, conscientes de sus deficiencias, se sienten defraudados por la escuela y no les tiembla la voz para culpar a sus maestros de no haberles inculcado las virtudes que ahora les reclaman, y en especial la curiosidad por la vida.

Es cierto que estas críticas valen para la educación general, pervertida por la masificación de escuelas que siguen la línea viciada de lo informativo en vez de lo formativo. Pero en el caso específico del periodismo parece ser, además, que el oficio no logró evolucionar a la misma velocidad que sus instrumentos, y los periodistas se extraviaron en el laberinto de una tecnología disparada sin control hacia el futuro. Es decir, las empresas se han empeñado a fondo en la competencia feroz de la modernización material y han dejado para después la formación de su infantería y los mecanismos de participación que fortalecían el espíritu profesional en el pasado. Las salas de redacción son laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores. La deshumanización es galopante.

No es fácil entender que el esplendor tecnológico y el vértigo de las comunicaciones, que tanto deseábamos en nuestros tiempos, hayan servido para anticipar y agravar la agonía cotidiana de la hora del cierre. Los principiantes se quejan de que los editores les conceden tres horas para una tarea que en el momento de la verdad es imposible en menos de seis, que les ordenan material para dos columnas y a la hora de la verdad sólo les asignan media, y en el pánico del cierre nadie tiene tiempo ni humor para explicarles por qué, y menos para darles una palabra de consuelo. “Ni siquiera nos regañan”, dice un reportero novato ansioso de comunicación directa con sus jefes. Nada: el editor que antes era un papá sabio y compasivo, apenas si tiene fuerzas y tiempo para sobrevivir él mismo a las galeras de la tecnología.

Creo que es la prisa y la restricción del espacio lo que ha minimizado el reportaje, que siempre tuvimos como el género estrella, pero que es también el que requiere más tiempo, más investigación, más reflexión, y un dominio certero del arte de escribir. Es en realidad la reconstitución minuciosa y verídica del hecho. Es decir: la noticia completa, tal como sucedió en la realidad, para que el lector la conozca como si hubiera estado en el lugar de los hechos.

Antes que se inventaran el teletipo y el télex, un operador de radio con vocación de mártir capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales, y un redactor erudito las elaboraba completas con pormenores y antecedentes, como se reconstruye el esqueleto entero de un dinosaurio a partir de una vértebra. Sólo la interpretación estaba vedada, porque era un dominio sagrado del director, cuyos editoriales se presumían escritos por él, aunque no lo fueran, y casi siempre con caligrafías célebres por lo enmarañadas. Directores históricos tenían linotipistas personales para descifrarlas.

Un avance importante en este medio siglo es que ahora se comenta y se opina en la noticia y en el reportaje, y se enriquece el editorial con datos informativos. Sin embargo, los resultados no parecen ser los mejores, pues nunca como ahora ha sido tan peligroso este oficio. El empleo desaforado de comillas en declaraciones falsas o ciertas permite equívocos inocentes o deliberados, manipulaciones malignas y tergiversaciones venenosas que le dan a la noticia la magnitud de un arma mortal. Las citas de fuentes que merecen entero crédito, de personas generalmente bien informadas o de altos funcionarios que pidieron no revelar su nombre, o de observadores que todo lo saben y que nadie ve, amparan toda clase de agravios impunes. Pero el culpable se atrinchera en su derecho de no revelar la fuente, sin instrumento fácil de esa fuente que le transmitió la información como quiso y arreglada como más le convino. Yo creo que sí: el mal periodista piensa que su fuente es su vida misma —sobre todo si es oficial— y por eso la sacraliza, la consiente, la protege, y termina por establecer con ella una peligrosa relación de complicidad, que lo lleva inclusive a menospreciar la decencia de la segunda fuente.

Aún a riesgo de ser demasiado anecdótico, creo que hay otro gran culpable en este drama: la grabadora. Antes de que ésta se inventara, el oficio se hacía bien con tres recursos de trabajo que en realidad eran uno solo: la libreta de notas, una ética a toda prueba, y un par de oídos que los reporteros usábamos todavía para oír lo que nos decían. El manejo profesional y ético de la grabadora está por inventar. Alguien tendría que enseñarles a los colegas jóvenes que el casete no es un sustituto de la memoria, sino una evolución de la humilde libreta de apuntes que tan buenos servicios prestó en los orígenes del oficio. La grabadora oye pero no escucha, repite —como un loro digital— pero no piensa, es fiel pero no tiene corazón, y a fin de cuentas su versión literal no será tan confiable como la de quien pone atención a las palabras vivas del interlocutor, las valora con su inteligencia y las califica con su moral. Para la radio tiene la enorme ventaja de la literalidad y la inmediatez, pero muchos entrevistadores no escuchan las respuestas por pensar en la pregunta siguiente.

La grabadora es la culpable de la magnificación viciosa de la entrevista. La radio y la televisión, por su naturaleza misma, la convirtieron en el género supremo, pero también la prensa escrita parece compartir la idea equivocada de que la voz de la verdad no es tanto la del periodista que vio como la del entrevistado que declaró. Para muchos redactores de periódicos la transcripción es la prueba de fuego: confunden el sonido de las palabras, tropiezan con la semántica, naufragan en la ortografía y mueren por el infarto de la sintaxis. De todos modos, es un consuelo suponer que muchas de las transgresiones éticas, y otras tantas que envilecen y avergüenzan al periodismo de hoy, no son siempre por inmoralidad, sino también por falta de dominio profesional.

Tal vez el infortunio de las facultades de comunicación social es que enseñan muchas cosas útiles para el oficio, pero muy poco del oficio mismo. Claro que deben persistir en sus programas humanísticos, aunque menos ambiciosos y perentorios, para contribuir a la base cultural que los alumnos no llevan del bachillerato. Pero toda la formación debe estar sustentada en tres pilares maestros: la prioridad de las aptitudes y las vocaciones, la certidumbre de que la investigación no es una especialidad del oficio, sino que todo el periodismo debe ser investigativo por definición, y la conciencia de que la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón.

El objetivo final debería ser el retorno al sistema primario de enseñanza mediante talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas, y en su marco original de servicio público. Es decir: rescatar para el aprendizaje el espíritu de la tertulia de las cinco de la tarde.

Un grupo de periodistas independientes estamos tratando de hacerlo para toda la América Latina desde Cartagena de Indias, con un sistema de talleres experimentales e itinerantes que lleva el nombre nada modesto de Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es una experiencia piloto con periodistas nuevos para trabajar sobre una especialidad específica —reportaje, edición, entrevistas de radio y televisión, y tantas otras— bajo la dirección de un veterano del oficio.

En respuesta a una convocatoria pública de la fundación, los candidatos son propuestos por el medio en que trabajan, el cual corre con los gastos del viaje, la estancia y la matrícula. Deben ser menores de treinta años, tener una experiencia mínima de tres, y acreditar su aptitud y el grado de dominio de su especialidad con muestras de las que ellos mismos consideren sus mejores y sus peores obras.

La duración de cada taller depende de la disponibilidad del maestro invitado —que escasas veces puede ser de más de una semana—, y éste no pretende ilustrar a sus talleristas con dogmas teóricos y prejuicios académicos, sino foguearlos en mesa redonda con ejercicios prácticos, para tratar de transmitirles sus experiencias en la carpintería del oficio. Pues el propósito no es enseñar a ser periodistas, sino mejorar con la práctica a los que ya lo son. No se hacen exámenes ni evaluaciones finales, ni se expiden diplomas ni certificados de ninguna clase: la vida se encargará de decidir quién sirve y quién no sirve.

Trescientos veinte periodistas jóvenes de once países han participado en veintisiete talleres en sólo año y medio de vida de la fundación, conducidos por veteranos de diez nacionalidades. Los inauguró Alma Guillermoprieto con dos talleres de crónica y reportaje. Terry Anderson dirigió otro sobre información en situaciones de peligro, con la colaboración de un general de las Fuerzas Armadas que señaló muy bien los límites entre el heroísmo y el suicidio. Tomás Eloy Martínez, nuestro cómplice más fiel y encarnizado, hizo un taller de edición y más tarde otro de periodismo en tiempos de crisis. Phil Bennet hizo el suyo sobre las tendencias de la prensa en los Estados Unidos y Stephen Ferry lo hizo sobre fotografía. El magnífico Horacio Bervitsky y el acucioso Tim Golden exploraron distintas áreas del periodismo investigativo, y el español Miguel Ángel Bastenier dirigió un seminario de periodismo internacional y fascinó a sus talleristas con un análisis crítico y brillante de la prensa europea.

Uno de gerentes frente a redactores tuvo resultados muy positivos, y soñamos con convocar el año entrante un intercambio masivo de experiencias en ediciones dominicales entre editores de medio mundo. Yo mismo he incurrido varias veces en la tentación de convencer a los talleristas de que un reportaje magistral puede ennoblecer a la prensa con los gérmenes diáfanos de la poesía.

Los beneficios cosechados hasta ahora no son fáciles de evaluar desde un punto de vista pedagógico, pero consideramos como síntomas alentadores el entusiasmo creciente de los talleristas, que son ya un fermento multiplicador del inconformismo y la subversión creativa dentro de sus medios, compartido en muchos casos por sus directivas. El solo hecho de lograr que veinte periodistas de distintos países se reúnan a conversar cinco días sobre el oficio ya es un logro para ellos y para el periodismo. Pues al fin y al cabo no estamos proponiendo un nuevo modo de enseñarlo, sino tratando de inventar otra vez el viejo modo de aprenderlo.

Los medios harían bien en apoyar esta operación de rescate. Ya sea en sus salas de redacción, o con escenarios construidos a propósito, como los simuladores aéreos que reproducen todos los incidentes del vuelo para que los estudiantes aprendan a sortear los desastres antes de que se los encuentren de verdad atravesados en la vida. Pues el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad. Nadie que no la haya padecido puede imaginarse esa servidumbre que se alimenta de las imprevisiones de la vida. Nadie que no lo haya vivido puede concebir siquiera lo que es el pálpito sobrenatural de la noticia, el orgasmo de la primicia, la demolición moral del fracaso. Nadie que no haya nacido para eso y esté dispuesto a vivir sólo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz, cuya obra se acaba después de cada noticia, como si fuera para siempre, pero que no concede un instante de paz mientras no vuelve a empezar con más ardor que nunca en el minuto siguiente.

*Gabriel García Márquez falleció el 17 de abril de 2014

Yo no soy un hombre, soy el pueblo: Jorge Eliécer Gaitán

En Colombia asesinan a líder del pueblo el 9 de abril de 1948

Yo no soy un hombre, soy el pueblo: Jorge Eliécer Gaitán

Yuri Aguilar Dávalos

30 abril 2020

Corría el año 1948 y se vivía mucha violencia en Colombia; solo faltaba un año para nuevas elecciones, en las que Jorge Eliécer Gaitán, el liberal radical, era el favorito.

Este líder —hábil abogado, fogoso orador, defensor de humildes y cautivante en sus promesas— apasionó a multitudes, pero al mismo tiempo se convirtió en un riesgo para el statu quo, un riesgo para la oligarquía gobernante, tanto liberal como conservadora, pues Gaitán que arrastraba a multitudes, sobre todo a los desposeídos, era un peligro para sus intereses. Su planteamiento lo resumía él mismo en un concepto: la restauración moral y democrática de la república.

El 7 de febrero de ese año Gaitán convocó a la Marcha del silencio, en protesta a la escalada de violencia que se intensificó desde agosto del 46 con la asunción de Mariano Ospina Pérez del Partido Conservador a la Presidencia. Se dice que esa marcha y concentración reunió a 100 mil personas en una Bogotá que entonces tenía 400 mil habitantes. Ningún grito, ninguna arenga, solo banderas negras en señal de luto por los cientos de víctimas fueron las consignas que primaron en esa movilización.

El único orador de esa concentración fue Gaitán, quien, en una parte de su discurso, dirigido al entonces Presidente de Colombia, y como una especie de premonición a su pronta inmolación que llegaría en dos meses más, dijo: Nosotros, señor Presidente, no somos cobardes: somos descendientes de los bravos que aniquilaron las tiranías en este suelo sagrado. Pero somos capaces, señor Presidente, de sacrificar nuestras vidas para salvar la tranquilidad y la paz y la libertad de Colombia...."

Las elecciones presidenciales para el año siguiente aseguraban la victoria de Gaitán, quien estaba convencido de que el pueblo lo elegiría. Yo no soy un hombre soy un pueblo, y el pueblo es mayor que sus dirigentes, decía retando a sus mismos correligionarios del Partido Liberal. El Gaitanismo era el ala radical del Partido Liberal, conformado por los desposeídos que aspiraban llegar al poder detrás de su líder.

Aunque Gaitán ofreció su vida para que haya paz, en el fondo no concibió que alguien fuera capaz de atentar contra su integridad. Tanta era su confianza en sí mismo que nunca aceptó tener guardaespaldas que lo protegiera. Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me mata, porque sabe que si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán cincuenta años en regresar a su nivel normal, afirmó en uno de sus discursos

El 9 de abril de ese mismo año Gaitán es asesinado al mediodía, al salir de su oficina. En el lugar es atrapado el supuesto asesino, pero hay testimonios que fue otro el asesino y que ese infeliz, un desocupado con trastornos mentales, que fue linchado por la turba enfurecida y abandonado en las puertas del Palacio de Gobierno, fue un chivo expiatorio, una víctima más de un complot nunca develado.

Inmediatamente el grito ¡Mataron a Gaitán! se regó por toda Bogotá y el pueblo indignado salió a las calles, al que se unió una parte de la Policía, la que entregó armas a los manifestantes; los insurrectos identificaron al partido gobernante, el Partido Conservador, como el autor del crimen.

La convulsión social desencadenó en el asalto a locales comerciales, a ferreterías para “apropiarse” de cualquier instrumento que sirviera de arma contundente; se quemaron edificios donde funcionaban entidades públicas, pero también inmuebles privados; pero, la furia del pueblo fue también aprovechada por el hampa.

Este fatal episodio conocido como el Bogotazo, dejó muchas víctimas mortales, cifra que nunca se pudo procesar, la que osciló entre 500, según la versión gubernamental, hasta 3 mil según otros recuentos.

A partir de entonces aparecieron las guerrillas campesinas liberales, las que luego conformarían las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP), hoy convertida en partido político tras un acuerdo de paz y desarme, aunque algunas fracciones disidentes continúan levantadas en armas, pero con poca o ninguna legitimidad por sus relaciones oscuras con el crimen organizado. Pero no solo esa disidencia está inmersa en la violencia de hoy, sino también otros grupos guerrilleros como el Ejército de Liberación Nacional o el Ejército Popular de Liberación, asimismo grupos delincuenciales herederos del paramilitarismo que en décadas anteriores tuvieron vínculos con la fuerza pública y con políticos que llegaron al poder.

Hoy, en tiempos de emergencia de la pandemia por el Covid-19, la violencia no se ha paralizado. La pugna de estos grupos armados por copar las rutas del narcotráfico y/ controlar zonas de sembradíos de la hoja de coca está descargando la violencia contra los líderes sociales, contra defensores de su pequeño terruño o contra defensores de los derechos humanos, los que son dirigentes de consejos comunitarios, juntas de acción comunal o de cabildos indígenas, quienes son acusados por estos grupos delincuenciales de dar información a su enemigo, por lo que se convierten en objetivo militar al que hay que eliminar[1].

Dos organizaciones de defensa de los derechos humanos apuntan que en el primer trimestre de este año hubo entre 60 y 70 asesinatos de líderes sociales[2]. Recién nomás, el 27 de abril pasado, en el Cauca, zona cocalera, un líder social y tres familiares fueron asesinados (la esposa, la hija y la nieta)[3].

Hasta 2017, el gobierno de Juan Manuel Santos reveló que en los más de 50 años de conflicto hubo 983.033 homicidios, 165.927 desapariciones forzadas, 10.237 torturas, 34.814 secuestros y 7.134.646 personas fueron víctimas de desplazamiento de sus lugares de origen[4].

El nombre de Gaitán sigue siendo utilizado por grupos de izquierda y de derecha por la convocatoria que tiene, y en su nombre se cometen crímenes con los que el líder jamás estaría de acuerdo. Desgraciadamente Gaitán sacrificó su vida, pero ese sacrificio no acabó con la intranquilidad y la violencia imperante, sino más la acentuó, la que sigue hasta hoy.

El pensamiento de Gaitán es poco conocido por la población, porque en el sistema escolar no forma parte del currículo; más bien los gobernantes tratan sistemáticamente de olvidarlo. Una de sus aspiraciones sigue pendiente hasta hoy: Cercano está el momento en que veremos si el pueblo manda, si el pueblo ordena, si el pueblo es el pueblo y no una multitud anónima de siervos.

 


[1] https://www.hrw.org/es/world-report/2020/country-chapters/337323

[2] https://www.eltiempo.com/justicia/conflicto-y-narcotrafico/cifras-de-lideres-sociales-y-desmovilizados-de-farc-asesinados-en-2020-segun-indepez-480144 y https://www.elespectador.com/colombia2020/pais/los-rostros-y-luchas-de-los-lideres-sociales-asesinados-en-lo-corrido-del-2020-articulo-913792

[3] https://www.semana.com/nacion/articulo/en-mercaderes-cauca-asesinan-a-lider-social-y-a-su-familia/667049

[4] https://www.telesurtv.net/news/colombia-conflicto-armado-victimas-reporte-20190408-0002.html

Contando muertos

Contando muertos

Alfonso Gumucio Dagrón*

sábado, 2 de mayo de 2020 · 00:11

Estoy convencido de que la estadística es una de las ciencias menos exactas. Está hecha de caucho: puede doblarse en todos los sentidos. 

He seguido con un estrés que no me atrevo a ocultar, la evolución de la pandemia de coronavirus a través de todos los canales de información documental y estadística que he podido encontrar. Al principio tuve un comportamiento obsesivo: cada hora revisaba el incremento de casos y fatalidades en el mundo. Además guardé cada día los cuadros estadísticos de Worldometers (lo que más se aproxima a cifras creíbles), para comparar la pandemia en países con mayor y menor población, y sobre todo con políticas públicas diferentes.

A lo largo de dos meses me quedó claro que los países cuyos dirigentes se rieron de la pandemia calificándola como una “gripita” (Bolsonaro, López Obrador, Trump, Boris Johnson, etc.) fueron los que en pocas semanas mostraron las más graves consecuencias. Por fortuna los servicios de salud y la población de esos países no hizo caso a sus irresponsables mandatarios. 

Es obvio que no tiene sentido comparar cifras absolutas, sino cifras relativas a la población y al periodo de incubación del virus. En cifras relativas, nos sorprendería saber que los Estados con más contagios con relación a su población son los más pequeños: San Marino, El Vaticano, Andorra, o Islandia. En cifras relativas de fallecidos, los mismos países aparecían en lo alto de la lista, pero ahora Italia, Reino Unido y España les pisan los talones. 

Pero las estadísticas son mentirosas. En países de reducida población es más fácil registrar los casos y llevar una estadística completa. Algo que hemos aprendido es que los países con mayor población solo han reportado casos “confirmados” de muertes hospitalarias. Es decir: no entran en la estadística miles que mueren en su casa de enfermedades pulmonares o cardiacas atribuibles al COVID-19, pero no tomadas en cuenta porque no fueron confirmadas por pruebas virales. 

Los Estados que más pruebas de COVID-19 han realizado con relación a su población, son las Islas Faroe, los Emiratos Árabes, Gibraltar, Islandia, San Marino, Estonia, Brunei, Malta… Y entre los de mayor población: Italia, Alemania y España, con más de 30 mil pruebas por millón de habitantes. Bolivia figura en la lista de la vergüenza: solo ha realizado 496 pruebas por millón, y está por debajo de todos los demás países de América del Sur, incluso debajo de Suriname y Guyana. 

Ecuador es un ejemplo escandaloso, porque el país reconoce oficialmente solo 1.063 muertes, pero en dos semanas de abril fallecieron 6.700 mil solo en la provincia de Guayas, víctimas de “enfermedades respiratorias” que el gobierno no quiso sumar a las cifras oficiales de fallecidos por COVID-19. Los cadáveres se acumulaban en calles de Guayaquil, pero no en las estadísticas oficiales. 

Para poner al desnudo las trampas estadísticas detrás de las que se escudan los gobiernos, la Red de Epidemiólogos EuroMOMO, así como los prestigiosos New York Times y The Economist, están midiendo el “exceso de muertes”, es decir: comparando el número de muertes totales de un país en el periodo del coronavirus, con las muertes totales de años anteriores. El resultado es escalofriante, porque el incremento en algunos países llega a 350%. 

Desde marzo hay informes de especialistas en cuidados intensivos y autopsias que indican que la neumonía —tratada con respiradores mecánicos— no es la única causa de muerte, sino múltiples microtrombosis letales para cualquier órgano, no solo para los pulmones. Contrariamente a las directivas todavía vigentes, se pueden tratar muchos casos con anticoagulantes y antiinflamatorios.

Una lectura “de comprensión” de las estadísticas, demuestra que no hay solo un indicador válido, pero las pruebas de COVID-19 son fundamentales. No resulta extraño que los países que figuraban con más casos y una tasa mayor de mortalidad, fueran aquellos que realizaron más pruebas de COVID-19. Los otros, simplemente escondieron en el closet a los muertos, colocándoles etiquetas tramposas: “enfermedad pulmonar”, “embolia”, “trombosis múltiple”, “infarto”, y otras. De pronto, a todos se les ocurrió morirse al mismo tiempo. Bochornoso.

@AlfonsoGumucio 

*Escritor y cineasta 

(Publicado en el diario Página Siete de La Paz, Bolivia)

Exhibición en BTV de entregas y donación de Áñez durante la crisis Covid-19 de Áñez costó al Estado al menos Bs.308.600 en poco más de 2 días

Exhibición en BTV de entregas y donación de Áñez durante la crisis Covid-19 de Áñez costó al Estado al menos Bs.308.600 en poco más de 2 días

Promoción en BTV de donación de salarios de Añez y sus ministros (Bs. 250.000) tuvo siquiera un costo de Bs 31.400 en poco más de 24 horas antes de que se suspendiera abruptamente esa difusión

Ricardo Aguilar A.

La Paz, 28 de abril de 2020

La exhibición de entregas varias del 23 y 24 de abril de 2020, más la promoción de la donación salarial de la candidata Áñez y sus ministros en Bolivia TV (BTV), en un lapso de menos de 2 días y medio, en medio de la crisis por el Covid-19, costó al Estado siquiera Bs.308.600.

La promoción de entregas de alimentos e implementos médicos como de bioseguridad en el canal estatal, realizadas por parte de autoridades del oficialismo y sus aliados, durante el 23 y 24 abril costó, al menos Bs.277.200, a razón de Bs.138.600 por día.

Así mismo, la exhibición televisada en BTV de la donación parcial de su salario, como de sus ministros, en favor de las víctimas del Covid-19, que anunció la presidenta Jeanine Áñez el martes 21 de abril, costó al Estado Bs 31.400 durante un día y tres horas (la promoción de ese acto se interrumpió abruptamente, posiblemente por las críticas). Se conoce, por la conferencia de prensa del ministro de la Presidencia Yerko Núñez que la cifra mensual de la donación sería de Bs.250.000.

Estimación del gasto de transmisión de BTV

La pregunta es. ¿de dónde salen estas cifras? Se trata de estimaciones.

La base para el cálculo son las tarifas vigentes en moneda nacional que BTV tiene actualmente aprobadas por el Tribunal Supremo Electoral (TSE) para spots de campaña.

(Para consultar el tarifario completo de medios aprobado por el TSE en diciembre de 2018, para las elecciones de 2019, de click aquí:

https://drive.google.com/open?id=1PBmBuHJEVw5jiqb8fIo-6j9K8jju6PHt)

Tarifario BTV 2020

El criterio de equivalencia de costo intenta empujar el precio por segundo de transmisión lo más abajo posible para evitar cualquier susceptibilidad de haber hecho crecer las cifras, con mala fe.

En horario Premium un segundo de spot transmitido en BTV cuesta Bs.47 y en horario regular 35.

Se ha decidido uniformar el segundo de transmisión a Bs 40 en cualquier horario, sin considerar que el spot electoral pagado implica menos gastos pues solo se lo transmite, mientras que la promoción de entregas en formato de noticia, BTV las debe producir, editar. Lo logística de ello implica salarios de un equipo por detrás: camarógrafos, sonidistas, editores, presentadores, conectividad, contactos en vivo, transporte, alimentación del personal, etc.

Por ello, la medida de Bs.40 por segundo transmitido es en realidad un número bajo, pues no toma en cuenta nada de lo anterior.

Por otro lado, se monitoreó la promoción de la donación de Áñez desde la conferencia de Núñez transmitida por BTV a las 20.30 del martes 21 hasta el jueves 23 que es la última mención. Asimismo, se monitoreó las entregas de alimentos, suministros médicos o de bioseguridad de 6.30 a 22.30. El resto de las horas de madrugada se siguieron repitiendo estas publinoticias electorales, esos reprises no fueron contabilizados, por lo que ello también hace difícil una objeción al precio —solo Bs.40— con que se hizo la estimación de costos.

Tras el monitoreo se registró la televisación de entregas de víveres donados por privados, de elementos de bioseguridad, implementos médicos por todo el país, siendo televisados en directo o en forma de noticias y repetidos en los noticieros de la mañana, medio día, noche, además de cortes a media tarde, etc. El costo mínimo posible para el Estado de la televisación de estas entregas y donaciones salariales desde la conferencia de Núñez, el 21 de abril por la noche a la noche del martes, como se dijo arriba, fue de Bs.308.600.

El enfoque de la transmisión de la información es la de atribuir cualquier entrega al bolsillo de la presidenta Áñez, ya sea por el discurso directo del Ministro en conferencia o por el enfoque de formular las preguntas por parte del presentador o presentadora en estudio o calle.

Si bien el cuadro completo de entregas y costos de todos los días monitoreados de BTV, minuto a minuto, puede ser consultado en su integridad acá en este link (http://www.semanarioaqui.com/index.php/descargas?download=80:gastos-btv-cuadros&start=60), se mencionan a continuación algunos de los casos más problemáticos.

Murillo: “Es un regalo que manda nuestra presidenta Jeanine Áñez”

El 23 de mayo, durante la transmisión por BTV de una donación de alimentos en la Guardia (3 mil raciones, para ser precisos) el ministro de Gobierno Antonio Murillo dijo: “Es un regalo que manda nuestra presidenta Jeanine Áñez”.

Esa transmisión de 2 minutos y medio por BTV costó al Estado al menos Bs.6 mil, sin contar la logística de hacerlo en vivo:

Tema

Hora

Duración

Costo (Bs)

Donación de alimentos en la Guardia, 3 mil raciones de alimentos. VIVO

10.23

2’ 30’’

6.000

Murillo La Guardia

La constante por parte de quienes han detentado el poder las últimas décadas en el país ha sido posicionar las entregas de obras, dádivas o la redistribución de los recursos públicos como si fueran un regalo que sale del bolsillo propio, haciendo uso de los medios estatales, sobre todo BTV; esa estrategia comunicacional fue llevada al límite con el programa Bolivia Cambia, Evo Cumple, del anterior régimen.

Donación de parte de salarios

La donación parcial de salarios que prometiera Áñez el 21 de abril alcanzará a Bs.250 mil mensuales. Luego de la estimación que se hizo del gasto de al menos Bs. 31.400 por la promoción televisada de ese anuncio en BTV, durante el día siguiente y tres horas (más dos menciones marginales el 23 y 24 de abril), bastaría un ejercicio aritmético para ver que la generosidad de los ministros, en una semana y 2 días, habría superado en costo al Estado el monto “regalado”. Ese gasto habría cuadriplicado la donación en un mes, si la ola de críticas en redes sociales no hubiera obligado la suspensión abrupta de la promoción de la magnanimidad de las autoridades ejecutivas.

El nuevo periódico Cambio

A las 7.55 del 24 de abril, BTV inició la transmisión en vivo de la entrega del nuevo periódico Cambio. Vimos a Claudia Paredes, directora de Medios Estatales, exhibir el nuevo producto y señalar que es “gratis”.

La televisación, por el Canal 7, duró 8 minutos y 30 segundos, por lo que se puede calcular que costó al Estado siquiera Bs.20.400 (reiteramos que no se toman en cuenta los gastos de producción del material audiovisual ni de la logística en vivo).

Tema

Hora

Duración

Costo (Bs)

Entrega “gratuita” de nuevo periódico Bolivia (sucedáneo de Cambio) en Ciudad Satélite

7.55-8.02

8’,30’’

20.400

Paredes mostró el contenido del nuevo periódico repitiendo varias veces la palabra “gratis”. Vimos que es un producto propagandístico de la candidatura de Áñez, cuya prioridad es informar sobre la agenda presidencial, con algunas notas internacionales informativas.

Antes de finalizar, Paredes adelantó que se entregará el producto impreso} “gratuitamente” todos los viernes donde no hay "mucha información", "como Senkata", aseguró…

El número 1 de este periódico incluye una separata sobre los bonos que da con fondos públicos pero los medios estatales intentan posicionar que los da Áñez…

Chimoré

Otro gasto digno de mencionar es el que se hace del “centro de aislamiento” para pacientes de síntomas leves en Chimoré:

Tema

Hora

Programa

Duración

Costo (Bs)

23 de abril: Entregan centro Covid 19 en Chimoré

15.06-15.08

BTV Noticias, EN VIVO

3 ‘’

7.200

Las imágenes nos muestran unas habitaciones preexistentes vacías. En uno de los cuartos está una mesa con dos botellas de alcohol y una silla; en todos se ven 3 catres con mosquiteros (posiblemente también preexistentes). La transmisión de BTV costó, en el menor de los casos, Bs.7.200; posiblemente fue mucho más costosa que aislar adecuadamente a los pacientes Covid-19 de Chimoré, población que reportó su primer caso confirmado a principios de abril.

Chimore Centro Covid-19

El gasto de Bs.7.200, como en anteriores casos, no considera el costo del contacto en vivo que se realiza desde esa provincia de Cochabamba

Si bien en el cuadro global se puede ver el detalle de todas las transmisiones de entregas en los periodos de tiempo señalado, vale la pena recordad que en mayo de 2019, el entonces senador Yerko Núñez, hoy ministro de la Presidencia, denunció ante el TSE el uso de los medios del Estado para las transmisiones gubernamentales, argumentando que tales eran propagandas electorales encubiertas…

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