

Erick R. Torrico Villanueva*
6 de abril de 2026
Fuente: ANF
En poco menos de medio siglo, el mundo ha transitado de una situación anunciada como promisoria, la de la migración digital, a otra que se perfila como altamente preocupante, que puede ser llamada de jibarización digital.
Fue hacia finales de la década de 1980 que comenzó la difusión de las tecnologías resultantes de la convergencia entre informática, microelectrónica y telecomunicaciones, que algo más tarde hallarían su lugar de residencia y expansión por excelencia en el recién configurado espacio virtual.
Ese proceso, que se desplegó después y con mucho mayor énfasis gracias a la digitalización intensiva, implicó inicialmente la incorporación de esos recursos tecnológicos a la realización de tareas especializadas y luego el traslado de una variedad de quehaceres al ciberespacio, incluidos muchos de carácter cotidiano en instituciones o empresas y otros tantos de orden doméstico.
Así, desde el punto de vista técnico, esa migración consistió en la informatización de labores diversas, el posterior paso al aprovechamiento de la multimediación o combinación de medios informativo-comunicacionales y la ulterior gestación de actividades y contenidos exclusivos de y para ese novedoso ámbito de interacción social.
Así, desde el punto de vista técnico, esa migración consistió en la informatización de labores diversas, el posterior paso al aprovechamiento de la multimediación o combinación de medios informativo-comunicacionales y la ulterior gestación de actividades y contenidos exclusivos de y para ese novedoso ámbito de interacción social.
Pero tal fenómeno supuso también un creciente predominio de lo audiovisual en las comunicaciones de todo tipo, de las pantallas como modo de contacto (interfaz) personal y de grupo con la realidad en general (una realidad cada vez más "virtual"), de la información de espectáculos y servicios sobre la de carácter noticioso, de la simplificación y ultrafragmentación de lo que se comunica y del "consumidor" o del "usuario" por encima de la figura del ciudadano.
A partir de ello, las habilidades requeridas para desenvolverse en ese nuevo mundo hipertecnologizado dividieron al mundo en tres grandes sectores: el predigital, el de los migrantes digitales y el de los nativos digitales.
En el primer caso, compuesto por personas nacidas entre las décadas de 1940 y 1960, se trata de un grupo social no habituado al conocimiento ni empleo de las tecnologías en el lugar de trabajo, en el domicilio o para usos personales. Quienes de él necesitaron, quisieron y pudieron insertarse en la "sociedad de las redes virtuales" fueron forzados a adquirir dispositivos técnicos y a aprender a utilizarlos, así sea en términos básicos. Ese colectivo adaptado, junto con la de los nacidos hasta 1980 ("Generación X"), conformó el segundo sector, protagonista de la migración digital cultural, que debió desplazarse desde las tradicionales palabra oral y escrita hasta el cibermundo, que pronto se hizo hipermediático, hipertextual y multiplataforma.
Y el último sector, integrado por la "Generación Y o de los Millennials" (con nacimiento entre 1980 y 2000), la "Generación Z o de los Centennials" (de los nacidos entre 2001 y 2010) más la "Generación Alpha" (de los nacidos en 2011 hasta la actualidad), corresponde a quienes tienen como ámbito "natural" de su desenvolvimiento a la Internet, los dispositivos "inteligentes" de comunicación, las redes sociales digitales y más recientemente la Inteligencia Artificial.
Sin embargo, pese a la rápida propagación de todas esas innovaciones, debe quedar claro que no todos los habitantes del planeta hacen parte de la "sociedad-red" y que tampoco todos los que están insertos en ella lo están de la misma manera y en condiciones iguales. El obstáculo para que tal ideal de democratización plena ocurra radica en la existencia y persistencia de la "brecha digital", esto es, de las desigualdades de diverso tipo (económicas, sociales, culturales, de género, etarias e incluso de orden geográfico) que reproducen problemas societales estructurales e impiden o dificultan el acceso, el uso y el aprovechamiento de los recursos tecnológicos.
Se puede decir por esto que en la relación de las personas con las tecnologías digitales contemporáneas son reconocibles cuatro modalidades: la de los no conectados (excluidos por la brecha), la de los conectados (inmersos razonablemente en el ciberespacio), la de los desconectados (que, aunque pocos, optaron por liberarse de las ataduras cibernéticas) y la de los mal conectados (sumergidos completamente en la virtualidad y con una adicción irrefrenable).
Es con estos últimos que se configura la situación indeseable señalada al principio, la de la jibarización digital, pues está produciéndose un cada vez más evidente proceso de "reducción de cabezas" que se refleja en una peligrosa caída de los niveles de información y educación, de la calidad democrática y de la misma convivencia social.
La necedad, la trivialización, el ensimismamiento y el "quemeimportismo" parecen haber logrado carta blanca para erosionar tanto vidas personales como proyectos societales y para convertir a la idiotez en una aspiración contagiosa.
Hay jibaros globales y locales que acechan tras las interfaces vinculadas a la web, mientras los cibernautas, en particular los de menor edad, desprevenidos y en masa, se zambullen en la contaminación de la red informática mundial. Sin ánimo apocalíptico, convendría tomar nota de ello antes de que la incapacitación cerebral en curso pueda completarse a gran escala.
*El autor es especialista en comunicación y análisis político; también, vicepresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz