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Llenémonos de esperanza en estos tiempos de pandemia

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A rajatabla

Yuri Aguilar Dávalos

sábado, 6 de junio de 2020

Este lunes 1 de junio acabó el estricto encierro contra la pandemia del Covid-19 en la mayor parte de Bolivia y casi estamos como cuando empezó.

En todo ese tiempo la mayoría de los habitantes estuvo atenta a la evolución de la epidemia que nos azota: preocupados muchos, otros relajados; también hubo los no creyentes y hasta los irresponsables que por ignorancia, testarudez u obediencia a absurdas y siniestras instrucciones de ciertos políticos no se cuidaron y, lo peor todavía, se convirtieron en el caldo de cultivo de la propagación del mortal virus. Los resultados de esas últimas acciones ya estamos sintiéndolos con el incremento de la cifra de contagiados, precisamente en las zonas donde hubo movilizaciones con reclamos justos o interesados.

Pero, ¿cómo se informó la mayoría de la población?, sobre todo ese grupo de manifestantes (cada vez más pocos) que aun considera que esta enfermedad es una mentira, que es un invento del imperio y de la derecha, que a los que murieron les pagaron y muchas otras tonterías más.

En más de dos meses de encierro donde estuvo vigente la comunicación a distancia, una gran parte de la población se informó (como también se desinformó) directa o indirectamente a través de la mensajería instantánea WhatsApp, plataforma que, según datos de mediados de febrero de este año, alcanzó a tener 2 mil millones de usuarios en todo el planeta. A través de ella llegaron, segundo a segundo, una infinidad de dudosas verdades, las que fueron reenviadas masivamente como una plaga, contaminando mucho más al poco conocimiento que se tenía del virus; pero, también otras plataformas virtuales, llamadas redes sociales (Facebook, Instagram, Twitter), contribuyeron a esa contaminación que algunos la llaman infodemia.

En todo este tiempo, también, muchos asistieron a sus ocupaciones remuneradas mediante el teletrabajo (lamentablemente sin regulación); otros, los estudiantes, pasaron clases virtuales (también sin regulación, al menos hasta la entrega de esta nota); asimismo, ante la ausencia de medios escritos para “informarse”, se echó mano de los medios audiovisuales tradicionales –radio y televisión– como también, aunque menos, a sitios creíbles en Internet; tal vez lo que menos se hizo es consultar libros que se tienen físicamente en los hogares.

Pero, no todo lo que nos apabulló en este encierro podemos catalogarlo de veraz; lo más fueron noticias falsas, medias verdades, mitos urbanos, memes de todo tipo, desde absurdos temas domésticos hasta políticos, principalmente donde unos y otros hicieron –y siguen haciendo– escarnio a su oponente en la lucha mediática preelectoral, la que parece se ha vuelto indefinida.

En esta primera semana de “normalización” nos envolvió más la inseguridad que la certidumbre. Unos habían apostado que en los más de 70 días de encierro íbamos a estar preparados anímica como físicamente para el nuevo periodo de apertura. Sabiendo que en los últimos 14 años no se formó un sistema sólido de salud que resista una crisis como la que estamos sufriendo, se creía que en este último tiempo los gobernantes actuales iban a garantizar mínimamente las medidas sanitarias pertinentes como para tener el suficiente número de unidades de cuidados intensivos (UCIs), de laboratorios, de pruebas, equipos, insumos, recursos humanos, medicamentos, etc., etc. para afrontar el incremento inevitable de contagios que llegarían con la flexibilización; pero, no fue así. Más parece que la avalancha de contagios arrasará la precaria infraestructura y el personal especializado no abastecerá para atender lo que vendrá. Y para colmo los negociados no cesaron, lo que impide aun más que la población se sienta algo confiada y crea que los que tienen el poder están realizando buenas acciones en beneficio de todos.

El conocimiento (o desconocimiento) de lo que realmente es el Covid-19 es otro elemento que aumenta la incertidumbre, pues estamos más confundidos que cuando empezó a propagarse. A estas alturas, tras los filtros con los que hemos tamizado lo que nos llega, es muy poco lo que podemos asegurar qué es verdad y conforme va pasando el tiempo llegamos a la conclusión de que lo cierto se hace de pronto dudoso.

Ahora es indudable que nuestra responsabilidad está proyectada más que nunca hacia la colectividad, porque lo que hagamos o dejemos de hacer afectará al otro. Lamentablemente mucha gente está obligada a salir del encierro a buscar trabajos remunerados y eventuales, porque es cuentapropista –fácilmente el 80 % de la población activa tiene una actividad informal– ya que en 14 años del anterior régimen no se generaron puestos de trabajo dignos y permanentes. Ese ejército de informales está obligado a circular para garantizar su sustento, pero debe hacerlo guardando las máximas medidas sanitarias de seguridad para sí mismo como para los demás en este nuevo periodo del sálvese quien pueda.

Con todo este panorama lo más prudente que podemos hacer es no perder la calma, desterrar el miedo, hacer oídos sordos –tanto o más como lo hacen los gobernantes actuales o lo hacían los que escaparon, cuando la ciudadanía les hace o hacía justas demandas– a todos los dimes y diretes de las plataformas virtuales o redes sociales. Por ahora, en síntesis, es mejor desterrar la incertidumbre, llenarnos de esperanza y tratar de parafrasear estrofas de canciones como la que dice: quién dijo que todo está perdido

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