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El impostor

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tribuna

Alfonso Gumucio Dagron

Sábado, 07 de septiembre de 2019 ·

Melgarejo, a pesar de su autoritarismo y de su megalomanía, era genuino. Exactamente cien años más tarde, Barrientos era auténtico con su populismo y las masacres de mineros y guerrilleros. Banzer era un dictador sobrio a quien no le temblaba la mano para ordenar masacres de campesinos o asesinatos selectivos de opositores. Era como era, al igual que García Meza, que tampoco escondía sus propósitos dictatoriales.

Evo Morales ha perdurado en el poder más tiempo que los mencionados dictadores militares. Es también populista, autoritario, soberbio y megalómano, pero a diferencia de los anteriores, es además un impostor y mentiroso patológico, porque maneja un discurso supuestamente progresista o “de izquierda”, que en cada uno de sus actos de gobierno queda desmentido. 

En semanas recientes ha quedado desenmascarado su discurso de la Madre Tierra. Los incendios provocados en la Chiquitania por su política (leyes, decretos) de deforestación en favor de ganaderos, soyeros y cocaleros, ha derretido la máscara de cera con que suele cubrirse. No había sido el defensor de la Pachamama que dice ser, sino todo lo contrario: el gobernante más depredador de la naturaleza de toda la historia de Bolivia.

Vinculado a lo anterior, su discurso de “defensa de los recursos naturales”, la nacionalización del gas y otras mentiras, no tiene asidero real porque su política extractivista (gas, petróleo, oro, litio, etc.), es la más voraz que hayamos conocido desde los barones del estaño. O aún peor, puesto que ha avasallado incluso reservas naturales protegidas, entregadas a empresas transnacionales. 

El discurso de defensa de los derechos humanos ha quedado también al desnudo: su régimen autoritario suma más muertos por violencia política que Sánchez de Lozada o García Meza, la represión de indígenas del Tipnis, de discapacitados y la censura de periodistas y medios, revelan su autoritarismo y desapego de las leyes (incluso las suyas). No ha desclasificado los archivos de las dictaduras militares y su enfrentamiento con las organizaciones legítimas de Derechos Humanos desnuda la máscara de quien hace pocos años tuvo la osadía de promoverse como candidato al Premio Nobel de la Paz. 

Otros discursos, repetidos hasta la saciedad a toda hora por el poderoso Ministerio de Propaganda que sostiene y controla a los medios de información mediante millonaria publicidad, son igualmente una impostura. La educación, la salud o las redes viales son temas centrales del discurso de una revolución inexistente, pero en la realidad lo que ha habido es gasto en infraestructura, pero no en calidad. El Presidente desembolsa a discreción y sin licitación 600 millones de dólares anuales en carreteras que pocos meses después hay que reparar porque fueron construidas sin supervisión de las normas de calidad, teleféricos costosos y económicamente insostenibles, aeropuertos subutilizados, viviendas abandonadas, escuelas y hospitales que son edificios vacíos por falta de planificación y estudios de factibilidad. Los recursos para mejorar la calidad de la salud o de la educación se desperdician en aviones, helicópteros, o palacios y museos a su propia gloria. 

El discurso de la soberanía política se desploma porque se ha entregado sin disimulo el Estado a la intervención de China, un capitalismo más salvaje que el de Estados Unidos. La deuda con China (cerca de 7.000 millones de dólares) supera con creces la contraída por gobiernos anteriores con la comunidad internacional. Y sin embargo la coyuntura externa le había permitido al régimen de Morales acumular 15.000 millones de dólares en reservas internacionales (de las que ahora gasta 1.000 por año). El espejismo de bonanza no es más que una hipoteca que pagarán los bolivianos durante muchos años. 

El discurso de la soberanía alimentaria se cae con un sencillo análisis de las importaciones de alimentos. Nuestra balanza de pagos es deficitaria, importamos más de lo que exportamos. El país no es siquiera capaz de producir papa, la importamos de Perú, como importamos frutas de Chile. La industria nacional se desmorona frente al contrabando alentado por la “estabilidad” artificial del dólar. Muestra de ello son las empresas estatales en quiebra (aunque subvencionadas), que sería largo enumerar aquí. 

El discurso de la impostura ha sido cuidadosamente construido a través del culto a la personalidad como no se ha visto en ningún otro país (quizás Corea del Norte). El sello con la cara de Morales aparece en todas las obras del Estado, como si todo se hiciera con dinero de su bolsillo, cuando en realidad sucede lo contrario: mete las manos en las arcas del Estado como si fueran propias. 

Es innegable la astucia con que Morales maneja el arte de la impostura.

*Escritor y cineasta

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