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En el lodazal

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Columna vertebral

Carlos D. Mesa Gisbert*

La Paz, Página Siete, domingo, 17 de abril de 2016

Las nubes negras que poblaban el horizonte se cirnieron sobre nuestro cielo y la tierra que parecía húmeda se transformó en un pesado lodazal. Nada que hubiésemos supuesto hace una década podía delinear esta cruda realidad.

Una a una las palabras poderosas de la mano mágica de la más importante de ellas: "cambio”, fueron cayendo en un saco que, por supuesto, estaba roto. Las grandes ideas y las grandes propuestas se fueron vaciando hasta quedar en huesos cada vez más corroídos, como si de lo que estuviésemos hablando es de un tiempo inmemorial.

La ética, los valores, las líneas que definen el bien del mal, el ejemplo, la consecuencia, la ecuación tan sencilla pero tan difícil de aplicar del decir y el hacer, todo se va quedando en escombros.

No hay justicia, no hay siquiera una remota posibilidad de creer en ella. La combinación letal entre venalidad e incompetencia han atrapado un sistema que nunca funcionó, pero que hoy está más podrido que nunca ¿Es que acaso hoy una mujer o un hombre pobres pueden acercarse a los estrados judiciales con una remota posibilidad de saber que serán tratados de acuerdo a la ley? ¿Es que acaso alguien supone que si no entra en el circuito de la coima pequeña, mediana o grande, según la cara del litigante, tiene alguna opción de ser tratado como reza la norma?

¿Por qué razón un funcionario público que ocupa un cargo nacional importante, o un ministerio o un viceministerio, se cuidaría de hacer los correcto, de ser un servidor y no servirse, de no cometer delitos o de no cometer errores de bulto? Por ninguna razón, porque sabe que el costo político sólo lo pagan los pequeños fusibles, aquellos que no forman parte del corazón del poder. Los otros serán siempre defendidos con el irritante argumento de que hay que hacer una piña para evitar que la derecha neoliberal se aproveche y desestabilice el proceso.  De donde se concluye que todo el discurso moralizante y descalificador del pasado no era otra cosa que una coartada.

El ejemplo cunde. Las instituciones del Estado como las Fuerzas Armadas y la Policía, sobre todo la Policía, están copadas por la política (como siempre) y avanzan a bandazos. Hay policías volteadores, cómplices de organizaciones criminales, violadores. Una oficial de las FFAA violada, torturada y asesinada… Comisiones que investigan sin investigar, que trabajan arduamente para ordenar argumentos que justifiquen lo injustificable. Ligazón total de dependencia entre los tres poderes del Estado.

En la calle, a su vez, la ley de la selva, la de la especulación sin límites, la de la corrupción obligada o voluntaria, la de la violencia desmesurada contra mujeres y niños —la más alta de América Latina—, el tráfico de personas al orden del día, la explotación de menores de edad en la prostitución moneda corriente. La ciudad del futuro convertida en un lugar peligroso, pero sobre todo en un lugar con el futuro hipotecado al materialismo más brutal. Jóvenes de clase media acomodada en pandillas en las que la "iniciación” es el ejercicio de la animalidad como prueba de "valor”, en las que el delito es una forma de diversión.

Es que el ejemplo de vida de quienes tienen la mayor responsabilidad de darlo, nos sume en la desesperanza, no por una falsa moralidad o por un doble estándar de hipocresía, sino porque todo límite se vulnera sin ningún rubor. No buscamos ascetas desapegados de la vida material, buscamos simplemente líderes que con sus fortalezas y debilidades asuman responsabilidades por actos que han trascendido el espacio de la vida personal y se han convertido en escándalo, no de catecismo, sino de vínculo indisoluble entre una acción como servidor público que genera una consecuencia.

La consecuencia, en más de un caso hoy vigente, debió ser la renuncia inmediata y si ésta no se producía, la destitución inmediata. En ocasiones la renuncia es el pago razonable por un error político, en otros puede requerirse una investigación con derivaciones judiciales. Pero cuando no pasa nada, cuando no importa la gravedad de lo que se hace ¿Por qué arte de magia piensan nuestros gobernantes que la sociedad puede creer en ellos y en sus prédicas?

Si un gobernante además convierte el poder de la palabra en un instrumento de adoctrinamiento de niños, vulnerando las normas más elementales de respeto a quienes precisamente por su corta edad no pueden ser manipulados descarnadamente y mucho menos a través de estímulos como regalos o premios de la naturaleza que sea, para afirmar cosas que no entienden, es que nos acercamos a los últimos límites del uso atrabiliario del poder.

Pero no nos equivoquemos, todos somos responsables de lo que está sucediendo. Hemos llegado a los niveles en que estamos en virtud de un adormecimiento colectivo. Ningún proceso por buenos que sean algunos o muchos de sus resultados, puede justificar la destrucción sistemática de los valores esenciales que hacen de una sociedad un espacio común en el que valga la pena vivir.

*Fue presidente de Bolivia

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