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Ministerio de cultura o ministerio de espectáculos

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Roberto Ibarguen Chávez

Sin duda, en un proceso de cambio no hay nada más necesario que un Ministerio de Cultura, porque al final si no cambia la cultura no cambia nada. Y no es que se quiera divinizar una palabra que por cierto tiene demasiadas definiciones e demasiadas interpretaciones; pero, si admitimos que lo que hoy vivimos los bolivianos es una “revolución democrática y cultural“ y que, además, existe un decreto mediante el cual se crea el Ministerio de Culturas, algo de verdad se le podrá asignar a  la anterior afirmación.

El problema, como en todo, creo que se presenta  cuando la realidad choca con lo enunciado y en lugar de un Ministerio de Culturas tenemos un Ministerio de Espectáculos, que no sólo va a contramano de los mínimos criterios de promoción y defensa de la cultura que los entendidos en el área demandan, sino que agrede aquella finalidad legal con la que se lo constituyó y se dedica a banalizar la cultura bajo el pretexto de su democratización,  por ejemplo:

El tal Ministerio en su informe de gestión de 2013, reivindica que ha “… eliminado una gestión cultural elitista que satisface a pequeños círculos de influencia…”, pretendiendo  tapar con ello que la atención de la infraestructura del patrimonio cultural pasa por uno de sus peores momentos. Lo cierto es que una de las principales acciones que realizó fue la de apoyar y promocionar el paso del Dakar (actividad que ha sido denunciada en todo el mundo por su carácter colonialista y, particularmente, destructora del patrimonio natural y arqueológico) por el Salar de Uyuni, aunque la ruta fue modificada a último momento, por suerte y porque la naturaleza así lo impusó.

Otro ejemplo: ese Ministerio es el encargado de organizar la logística (arma tarimas, contrata azafatas, cuelga las gigantografías, etc.) de cuanto evento de propaganda gubernamental, disfrazado de acto cultural, se realiza en el país, en los que lo único que se promociona son los discursos machistas del Presidente y las formas y figuras de la mujer del Vicepresidente y del ministro del ramo.

Pero bueno dejemos esos ejemplos de lado, como veleidades de funcionarios que no están a la altura de las circunstancias, porque cada quien da lo que puede; pero lo que ya no se debe soslayar es la forma en la que los gobernantes se comportan, al abordar un tema como la cultura o las temáticas que según ellos debería atender el Ministerio de Culturas porque, desde la perspectiva nuestra, eso se constituye en una irresponsabilidad total con el país y sus habitantes.

Primero, porque le asigna como responsabilidades, de acuerdo a un resumen apretado que realizamos, entre muchas otras nada menos que la de formular y ejecutar políticas de protección y difusión de las culturas existentes en el país, a tiempo de que con una mano se encargue de la descolonización y recuperación de saberes y prácticas de las culturas ancestrales; mientras que con la otra mano promueva un diálogo intercultural igualitario y de enriquecimiento entre las culturas. Tareas que son de vital importancia para el país, pero que quedan descuidadas porque como ya ejemplificamos en párrafos precedentes el Ministerio de Culturas se encarga de todo menos de lo que debería ocuparse.

Segundo, porque se le asigna un presupuesto de un poco más de 108 millones de bolivianos, lo cual para algunos no es mucho, ya que no alcanzaría para comprar un avión presidencial u organizar una cumbre del G77 y, obviamente, no alcanza para atender las funciones asignadas a esa cartera de Estado. Desde otra perspectiva, resulta un presupuesto importante, si se lo utilizaría para atender desastres naturales como el que afecta al departamento del Beni (presupuesto que según el ministro de Defensa alcanza a los 45 millones de bolivianos), para  la creación de ítems para maestros de computación en todos los centros educativos nacionales o para desarrollar las actividades que realmente ejecuta el Ministerio y que no son las que por norma debería realizar.

Tercero, porque con las responsabilidades que tiene esa dependencia y el presupuesto que maneja, internamente realizan una ejecución en la que se puede ver que en gastos administrativos, turismo y fondos de educación cívico-patriótico, invierten un poco más de 101 millones de bolivianos, en interculturalidad un poco menos de 5 millones de bolivianos y en la “cenicienta” del Ministerio, la descolonización que tan presente la tenemos los bolivianos porque es el grito de guerra de todo discurso de los gobernantes y la justificación de toda acción oficial, sólo un poco más de 1 millón y medio.

Por la descripción realizada en los párrafos precedentes, sobre la situación del Ministerio de Culturas, creemos que lo mínimo que debería lograr, además de preocuparnos, es: motivar al poder ejecutivo a realizar una auditoría y en lo posible una reingeniería de aquel Ministerio; a los parlamentarios de oposición motivarlos para que planteen una interpelación al ministro del área (obviamente si les dan las neuronas); y a los ciudadanos, todos, debería motivarnos a demandar que se deje de jugar con el patrimonio cultural, la interculturalidad, la descolonización, que son temas por cuya importancia nos pasarán factura al país y a la sociedad dentro de muy poco tiempo.

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