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Elegía de mi ciudad y un poema

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MÁS que un encomio o evocación, una declaración de amor a la urbe sin igual, tan complicada como bella, tan compleja como cautivadora.

Carlos D. Mesa Gisbert

Elegía

Es como un sueño. Los picos, las agujas, la nieve, los perfiles mágicos e impensados aparecen y desaparecen como fogonazos cuando la luz del amanecer dibuja ese anillo extraordinario de ocres, grises, negros, marrones, rojos, blancos y azules de intensidades que con el paso de las horas del día mutan como la piel del camaleón.

Una imagen de la ciudad de La Paz en las primeras décadas del siglo XX. Archivo Histórico de La Paz

El cielo es la gran pantalla luminosa de este cuadro desafiante. Eléctrico por el azul definitivo del invierno, o amenazante en su negrura en los comienzos oscuros de la tarde de los veranos lluvioso que anegan el suelo, o la acribillan de granizo. Movedizo y turbulento en agosto y septiembre, cuando los vientos transportan las nubes haciendo insólitos y magníficos dibujos por encima de nuestras cabezas. En el ocaso la luz juega a atrapar en cada segundo un fulgor, el del escalofrío.

No es que la montaña esté en la ciudad, es que la ciudad está dentro de la montaña, sale de ella, no se explica sin ella. La Paz es, por encima de todo, la montaña, tierra, arcilla, piedra, roca, polvo, limo, lecho de río, escultura de milenios que convive con nosotros, que nos moldea, que nos hace.

Los paceños somos, literalmente, hijos de la montaña, parte de ella. La Paz en nosotros es la vida interminable, es la intensidad, es la tensión, es el amor y el desgarramiento. Es la violencia y es la paz, es voz, es tantas voces que con ellas se hace un grande y casi infinito eco. 

Es un camino trazado por la sonoridad cortante del aymara, por el castellano invadido de formas indígenas, de giros, de sujetos, predicados y verbos que se construyen de otro modo. Es la ese sibilante, es el susurro y el murmullo, es el grito que nos deja sin aliento.

Al pie del Resplandeciente, aún con los rastros del estruendo de la batalla que le dio su nombre entre las espadas toledanas y los yelmos y corazas, en 1548 se hizo “Ciudad de Nuestra Señora de La Paz”, allí en Chuquiago. Eso es la ciudad nominada en ambas lenguas. En ella se construyó la nación de naciones, por ella comenzó a respirar el país. Indígena, colonial, republicana, rebelde, siempre viva.

Miro en la ciudad los cabellos negros de azabache, el color intenso de la piel trabajada por el astro mayor, los ojos como ascuas, la nariz ancha y grande, los labios carnosos, los dientes blancos, muy blancos. Es el rostro mestizo de mi ciudad de alma profunda, tantas veces atormentada, tantas veces confundida, tantas veces enamorada, tantas veces victoriosa.

Hemos construido calles de adoquines que reflejan la luz y molduras y columnas salomónicas, hemos inventado monstruos y ángeles en la piedra, hemos salpicado de colores improbables este lugar dominado por el sino de la tierra, hemos extendido los mercados en las calles con olor a naranja, a limón, a carne y a pescado, hemos tocado y sentido la textura de la papa y el chuño y la tunta. Hemos mirado siempre arriba y hemos hecho agujas que se han clavado entre las avenidas como remedando el Alto de las Ánimas. 

Es en este hervidero en el que se enredan el trabajo de todos los días, las marchas y los estallidos de dinamita, las trompetas y las tubas y las matracas rítmicas de los morenos y sus máscaras sobrecogedoras. Tenemos algún olor de pólvora en la nariz, como lo tenemos del humeante caldo del fricasé salpicado de mote.

La Paz, la de la procesión del Señor del Gran Poder y su baile. La Paz encomendada a la montaña, al gran Illimani. La Paz ciudad de mi entraña, ciudad de mi primera mirada, La Paz parte esencial de mis huesos.

Poema

Te miro

horizonte oscuro de humo y melancolía.

Recuerdo los sonidos que me quedan

de tus noches

solapa levantada

negro puro sin estrellas

viento enredado en las esquinas

Imagino el diamante que eres en mis manos.

Recorren mis dedos los caminos que llegan a tus puertas.

Espero el instante de entrar de nuevo en ti

primero suavemente

hasta el centro de tus lluvias inclementes

para empaparme

después con pasión que arremete.

¿Qué magia encierran tus rincones azules

parientes del espacio?

No olvidaré nunca

mis huellas en tu entraña

ni las tres siluetas de nieve

que hipnotizan mis sentidos

Te he caminado tanto

que me quedé contigo

en la memoria de los hombres

agotados de hacerte.

Qué extraño es el hechizo que me llama

ciudad nacida de la guerra

que tengo los minutos inundados de desearte

los labios secos sin tu valle.

Detrás del altiplano

desparramada

como cayendo

me esperas

porque siempre esperas los cuerpos de tu cuerpo

porque sabes que la muerte se hace amiga

debajo de tus cerros.

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