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Cuando la Plaza estremece tierra y corazones

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Desde hace días se llegaba a percibir en las personas y los pequeños detalles, que este primer día de mayo sería inolvidable

Autor: Yaditza del Sol González | Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

1 de mayo de 2016 12:05:42

Foto: Yander Zamora

Esta vez fue diferente. La mirada que siempre queda absorta ante la imponente presencia que emana cada resquicio, cada palmo de la Plaza de la Revolución, ahora encuadraba otro foco de luz. Atrás quedaba la quietud, ese aire solemne y austero que inspiran sus predios, y que con un José Martí perpetuado en mármol estremece cada fibra del alma, y es como si nos invitara a seguir soñando.

Pero en esta ocasión había algo más. Y no porque fuera domingo o porque San Pedro dejó en casa la lluvia y el amanecer del quinto mes del almanaque rompió a pleno sol… eran los rostros de miles de cubanos, eran las sonrisas genuinas, los brazos entrelazados, las pañoletas rojas, blancas y azules que subían y bajaban, y era como si las pudiésemos tocar, eran los pasos de conga, esa alegría picaresca que se multiplica cuando nos sobran razones para desfilar y el 1 de mayo se convierte en la fiesta de todos.

Quizás, de alguna forma, ya lo anticipábamos. Desde hace días se llegaba a percibir en las personas y los pequeños detalles, en los banderines que revestían los espacios, en los carteles y lienzos que colgaban desde una fábrica industrial, o en los hospitales, o en las guaguas, o en las oficinas de una empresa; era como si lo armonioso de la cotidianidad se conjugara —bajo un mismo compás— porque este es nuestro tiempo.

Y así lo ratificamos. Ya lo decían las gigantes pancartas que recorrieron la céntrica avenida, algunas hechas a mano, otras más gráficas, o aquellas que parecían haberle robado colores al arcoiris; todas con su magia. Desde “Por Cuba: unidad y compromiso”, hasta “Mi trabajo también aporta al desarrollo”, y “90 victorias, Fidel x millones”, la Plaza colmada de auténticos símbolos.

Tampoco faltaron las insignias de Bolivia, Ecuador, El Salvador, Palestina, Jamaica, Francia, Brasil, Argentina… son los sueños de cientos y cientos de foráneos que en este 1 de mayo se sumaban a la fiesta proletaria y sentían a Cuba tan suya como nuestra. Lo indicaba el brillo en sus ojos, la alegría desbordada, la forma en que bailaban al sonar los ritmos más criollos, la experiencia de formar parte de algo único, glorioso.

Sus voces por demás lo confirmaban: “Esta es la celebración del pueblo, de los trabajadores”; “Aquí llegamos desde todas partes del mundo porque la solidaridad nos une y Cuba es fe de ello”; “Es un mar de personas, de ideas, de la fuerza obrera, es la vanguardia de nuestra región latinoamericana”.

Pero esta vez fue diferente, o al menos para mí que presencié el desfile desde las gradas para luego volcar impresiones sobre una hoja en blanco, y es entonces cuando la mente se esfuerza por tratar de captar todo instante, de empaparse de esa energía que irradia cada bloque mientras sus pasos hacen historia.

Mas las palabras a veces quedan cortas para expresar tales emociones, porque es difícil no dejarse llevar y no querer saltar, gritar, y ondear tu bandera al aire. Porque también fui la niña que sentada en los hombros de un padre descubría la inmensidad de la Plaza y saludaba, y reía, y le parecía asombroso que tantas personas pudieran reunirse en un mismo lugar, compartiendo un mismo sentir. Y miro otra vez, y me parece que estoy ahí, junto a los universitarios que acamparon desde el día anterior, porque cuando se es joven y hay convicción, lo imposible se convierte en ahora.

Ahí también estaba Fidel, porque su presencia no es solo física, sino que acompaña desde lo cercano, porque su nombre es consigna repetida entre los pinos nuevos, porque su imagen aparece instintivamente en la mente y se materializa en las gigantografías y retratos, porque sus ideas resuenan al oído cuando entre vítores y cantos los trabajadores cubanos dan vida a la Plaza y hacen temblar tierra y corazones.

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