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El costo de la improvisación política

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Erick R. Torrico Villanueva*

17 de mayo de 2026

Fuente: ANF

Tener un país en camino de la inviabilidad es el costo de la improvisación que viene marcando la política boliviana desde hace un cuarto de siglo.

En ese lapso, se ha tenido ocho gobernantes en diez mandatos presidenciales: cuatro que terminaron, dos que quedaron inconclusos, tres gobiernos transitorios y el actual iniciado en noviembre pasado.

En la secuencia cronológica, a partir de 2001, Jorge Quiroga sucedió a Hugo Banzer para completar un año del mandato que este dejó por una enfermedad terminal; el siguiente presidente, Gonzalo Sánchez de Lozada, renunció ante protestas sociales de la zona altiplánica a 14 meses de haber sido posesionado; Carlos Mesa —que le reemplazó— también dimitió 19 meses después; Eduardo Rodríguez estuvo 7 meses para cumplir el encargo de organizar nuevas elecciones; Juan Morales prolongó su estancia presidencial por casi tres mandatos (cerca de 14 años) y fugó al no poder sortear la presión social nacional que fustigó su conducta electoral fraudulenta; Jeanine Áñez ejerció la primera magistratura por 12 meses y debió retomar las elecciones; Luis Arce cerró una ineficiente como irrelevante gestión de cinco años en 2025 y ahora Rodrigo Paz llega a su primer semestre con crecientes dificultades.

En veinticinco años Bolivia solamente tendría que haber conocido un máximo de cinco gobiernos electos, lo cual no sucedió, hecho que refleja ya la inestabilidad que imperó en ese tiempo. Tal vez el único momento en que hubo posibilidad de trazar un proyecto colectivo se dio en 2006, pero el manejo de las relaciones de fuerza reinantes y el enceguecimiento que afectó al bisoño grupo que asumió entonces el poder y quiso después reproducirse indefinidamente en él derivaron en que 2019 sellara el fin de ese experimento que devino improductivo, excluyente y autoritario.

En síntesis, puede decirse que, en términos políticos, la nueva centuria vio transcurrir hasta ahora cinco lustros de indefinición y carencia de norte nacional preciso.

Los sucesivos gobiernos, con excepción del que desperdició la inesperada oportunidad que le llegó en diciembre de 2005, se ocuparon de tratar de atender los problemas heredados de sus predecesores o de deshacerse del lastre que recibieron, y los más débiles debieron afrontar diversas situaciones de conflictividad que amenazaban —como en la etapa presente— su propia permanencia.

Quiroga no gozaba de la confianza del partido de su jefe luego fallecido, Sánchez de Lozada armó una alianza poselectoral inconsistente, Mesa no disponía de apoyo partidario ni parlamentario y acudió a sus amigos para gobernar, Rodríguez organizó un equipo limitado de tareas circunstanciales para llevar a cabo nuevas elecciones, Morales logró un triunfo impensado y acabó desmantelando la institucionalidad tanto como las arcas estatales, Áñez accedió al poder repentinamente, sufrió una pandemia e intentó recomponer la vía electoral, Arce llevó la economía al abismo y Paz se lanzó a administrar el país sin estructura partidaria ni base social y con un programa de gobierno que parece estar por hacerse.

Resulta penoso admitirlo, pero es claro que lo que primó en la política boliviana en estas dos décadas y media —y todavía prevalece— ha sido la improvisación, la falta de preparación, la incompetencia, la incomprensión de la trama societal y la desvinculación respecto al interés público proyectado al menos para un mediano plazo. A ello se sumaron, en diferentes grados y momentos, el oportunismo, la demagogia, el rentismo, el prebendalismo, la corrupción y el despotismo.

Es probable que las desfiguradoras consecuencias del marketing político-electoral introducido en el país a mediados de la década de 1980 y fuertemente intensificado entre 2006 y 2025, junto a la anulación del debate político, el bloqueo de nuevos liderazgos y la despolitización ciudadana alentada desde el mundo digital en ese mismo lapso hayan contribuido a estimular el vacío en el pensamiento y las propuestas en materia de política, circunstancia muy bien retratada en los contenidos, protagonistas y resultados de los últimos dos procesos eleccionarios.

La "plurinacionalidad" que utiliza o aplasta a las naciones que dice reconocer, la "interculturalidad" que impone un etnocentrismo, la equiparación del "socialismo" a "sociabilidad", la propaganda que reemplaza a la información, los gremios más ricos atribuyéndose la representación del "pueblo", el auge de los "intelectuales de las pantallas", el agravio y el descrédito convertidos en planteamientos doctrinales, tiktokers y youtubers fungiendo como candidatos y autoridades o desprevenidos "seguidores" de Internet que cuentan más que los ciudadanos son algunas de las evidencias de esa banalización.

Se podría decir que la política en Bolivia está quedando reducida a mero instrumento para los afanes de poder y lucro de ciertos individuos y sectores. La política se está haciendo al margen de lo político. La improvisación extrema es su estrategia y su producto más probable, hasta donde hoy puede verse, será otra vez la imposibilidad de la nación.

*El autor es especialista en comunicación y análisis político; también, vicepresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz

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