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Safari a La Paz

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[Bitácora memoriosa] 


Alfonso Gumucio-Dagron


En la nota anterior me referí a la muerte del escritor Gérard de Villiers, autor de 200 novelas de la serie de espionaje SAS, una de ellas situada en Bolivia, sobre la que publiqué el comentario que sigue en el suplemento Semana de Ultima Hora, el viernes 10 de junio de 1977. Han pasado 37 años, de modo que apelo a la benevolencia del lector.

Su Alteza Serenísima (SAS) el Príncipe Malko de origen austriaco y para más datos agente de la CIA, llega a La Paz en un vuelo de “Lloyd Boliviano” con la misión especial de encontrar a un importante pez gordo nazi, criminal de guerra condenado a muerte en Holanda y en Francia. El nombre del ex miembro de la Gestapo, responsable de la muerte de más de 300 personas, es Klaus Heinkel, pero se hace pasar por Klaus Muller (ya sabemos de qué Klaus se trata). Ha sido utilizado por la CIA desde 1947, pero la CIA teme ahora que Heinkel haga revelaciones que podrían servir al columnista Jack Anderson para armar un nuevo escándalo periodístico. Se trata, pues, de hacer que las autoridades bolivianas se encarguen de eliminar a Heinkel, lo cual es bastante difícil según descubre Malko, ya que el criminal nazi está protegido por esas autoridades.  Heinkel beneficia además de la protección de un amigo coronel S.S. instalado cómodamente en una finca a orillas del Lago Titikaka, que a su vez ejerce una gran influencia sobre el jefe de inteligencia boliviano (lo de “inteligencia” es un sofisma), el sanguinario Mayor Hugo Gómez.

 

Malko permanece en Bolivia en el mes de marzo de 1972 y corre una serie de aventuras evadiendo los cercos que le tienden los organismos de represión oficiales, los organismos de represión paralelos (“los marqueses”), los ex-nazis, y también un funcionario de USIS que es en realidad el Jefe de la Estación de la CIA en La Paz. Por otra parte, claro, Malko tendrá tiempo, entre cerco y cerco, de conocer el carácter abierto y sensual de las bolivianas: no hay una que se le resista y la que no se enamora de él trata de todas formas de seducirlo para atraerlo a alguna trampa o, simple y llanamente, a la cama.

En ese marco “boliviano” se desarrolla la novela negra Safari a La Paz, escrita, como todas las de la serie (un buen centenar), por Gérard de Villiers y toda la maquinaria que sostiene su prolífica producción. La portada del libro nos presenta una rubia que por vestimenta no lleva sino largos guantes negros y dos revólveres Smith & Wesson, anunciando el color erótico del texto. En realidad, todas las carátulas son similares: mujeres semidesnudas y armas. Sexo y violencia, eso es lo que ofrece la colección. Pero la diferencia entre esta serie y otras similares, aquello que ha convertido a “SAS” en un negocio redondo y le da un sello de originalidad, es que cada novela parece haber sido escrita en el lugar enunciado en el título. Ya no se trata de la especulación sin base real, aquí lo que sorprende es que el argumento esté inspirado en una situación concreta, situado y desarrollado con todo detalle en una geografía o una ciudad, descritas en términos inconfundibles.

 

Safari a La Paz nos sorprende desde la primera página por la acumulación de ingredientes que tienden a hacer verosímil la novela, elementos que sin duda la enriquecen con relación a otras novelas de tipo clase donde los hechos suelen suceder sobre un telón de fondo confuso e inconsistente.  Aquí, por el contrario, los detalles son impresionantes. Sabemos que Don Federico Sturm, ex coronel nazi, pasa sus días “acariciando una vicuña” que le regalaron “cazadores aymaras” y a la que ha puesto el nombre de “Cantuta”. Si estos nombres bolivianos podían haber sido encontrados en cualquier enciclopedia, la sorpresa del lector aumenta cuando lee, por ejemplo, que Federico Sturm almuerza “una vez a la semana en Los Escudos”, y que ha tenido alguna aventura sexual con “una bailarina del Maracaibo”.

De los datos generales de tipo enciclopédico la novela pasa a detalles cotidianos que no pueden conocerse sin haber estado realmente en La Paz.  Hay pruebas tan sorprendentes de esa fidelidad a los detalles, que cuando en uno de los capítulos se habla, por ejemplo, del Panóptico de San Pedro, se describe incluso a la famosa “awicha” quien “mató a su marido y lo cortó en pedazos para hacer salchichas que luego vendió en el mercado”. Reprocharle al libro el detalle de que la “awicha” no hizo salchichas sino fricasé, sería exagerado de nuestra parte… Otras alusiones y citaciones muy precisas se refieren a los “trufis”, al Motel Turist, al “Kilómetro cuatro”, a la iglesia de San Miguel, al antiguo edificio de “Presencia”, etc.

Los eventos políticos del pasado son aludidos a lo largo de la novela sin mucho detalle. Se menciona de pasada el “accidente” de un presidente boliviano que se estrelló con su helicóptero, así como la nacionalización de la Gulf o la intervención del siniestro “Doctor Gordon” (alusión al cubano “Doctor” Gonzáles, agente de la CIA durante la guerrilla del Ché), y también un tráfico armas a Israel. 

 

 Gérard de Villiers

Los eventos contemporáneos a la acción narrada, merecen una mejor atención. No solamente describe con bastante detalle el ambiente político en 1972 (una marcha el 23 de marzo, la propaganda oficial en grandes afiches en el camino de bajada del aeropuerto, la captura de militantes del ELN), sino que además incorpora en los diálogos ciertos hechos, como ser la expulsión de los funcionarios soviéticos considerados por el gobierno boliviano como “demasiados” Jack Cambell, Jefe de la estación de la CIA, ve que sus “esfuerzos de siete meses” han dado resultado y telefonea al embajador norteamericano: “Señor Embajador ya es oficial. Yo lo sabía desde anoche pero no quería avisarle antes. Esta gente podía darse la vuelta como siempre”. El Embajador felicita a Cambell que lee el artículo en “Presencia”: el gobierno boliviano ha decidido expulsar ciento diez y nueve funcionarios de la embajada soviética, acusados de colaborar con los enemigos de la república. El presidente ha declarado que esta medida era el resultado de una larga encuesta de los Servicios de Seguridad”.

“—De los servicios de seguridad, repitió Cambell, riendo hasta las lágrimas. 

—Los diplomáticos tienen 8 días para abandonar el país.

 —Continuó leyendo. El Embajador lo interrumpió. —Yo creí que no había sino 59 personas en la embajada de la URSS

—Exacto dijo Cambell, han puesto en la lista todos los que tenían pasaporte soviético (…) incluso han sacado a bebés y a perros.”


No se crea que el punto de vista del autor es de izquierda; nada por el estilo.  El objetivo de la serie SAS es subrayar el heroísmo y la personalidad del agente de la CIA, con la salvedad de que es un agente de nacionalidad europea, menos vulgar que los agentes yanquis, residuo nostálgico de los tiempos en que la Scotland Yard o la Sureté Française realizaban también “operaciones clandestinas” a nivel internacional. 

Por lo demás, el lenguaje del libro es de desprecio a Bolivia. Dejando a un lado las descripciones de carácter folklórico observamos que, por ejemplo, se refiere despectivamente a “los pobres diablos pescadores del Titikaka, en sus barcas de paja”. A lo largo de la novela las alusiones racistas se reiteran, lo cual no es sorprendente cuando sabemos que Gérard de Villiers en una entrevista que le hicieron se declaró abiertamente racista y de ultraderecha.

El trato que da a las mujeres bolivianas no es mejor. La diferencia entre una bailarina del Maracaibo y “Doña Izquierdo”, por ejemplo, es tan sutil que no se nota. Y qué decir de Esteban Barriga, periodista de Presencia, pequeña alimaña crapulosa y oscura. Ciertas costumbres bolivianas retuvieron la atención del autor: la brujería ocupa bastantes párrafos del libro y los fetos de llama son descritos con asco, así como la chicha, “alcohol grosero”.

A pesar de lo meticuloso que es en las descripciones, en los nombres registrados y en otros detalles, el libro sorprende a veces por sus errores, reiterados una y otra vez. En vez de escribir “cholos”, el autor escribe “chulos”, en vez de “aguayo” escribe “agayo”, y en vez de “canillita” escribe “canitilla”. En varias oportunidades sugiere que la pequeña burguesía boliviana que vive en Sopocachi o en Calacoto, se comunica en aymara.


Pero lo que destaca en el libro, que me ha sorprendido a pesar de sus errores y de su punto de vista fascista y despectivo con respecto a Bolivia, es una extraordinaria habilidad para captar los hechos y las actitudes en nuestra vida política y cotidiana. Hay una visión sociológica con descripciones acertadas como la del “mentidero” del Club de La Paz donde “se planean todas las revoluciones”, gran parte de las que abortan cuando, por ejemplo, una joven atractiva pasa entre las mesas.

No cabe duda de que el libro tiene como base una investigación en el lugar de los hechos y representa un intento de aprehender elementos de nuestra realidad, aunque obviamente esos elementos sean luego desviados, vaciados de su verdadero sentido, manipulados inescrupulosamente en función de las necesidades comerciales e ideológicas de la serie policial. Pero queda en algún lugar un trabajo de base realizado tal vez por otras personas, trabajo que revela un fino sentido de la observación. Este libro-basura lanzado para la sociedad de consumo nos invita a reflexiones pertinentes sobre el oficio de escribir en nuestro país.

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La democracia es el proceso que garantiza

que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos. 

—George Bernard Shaw

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