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Viviendo con el enemigo, el celular

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Erick R. Torrico Villanueva*

5 de octubre de 2026

Fuente: ANF

"El nuevo medio de sometimiento es el smartphone", afirma contundentemente el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro Infocracia - La digitalización y la crisis de la democracia, una advertencia que convendría tomar en cuenta.

 

El "teléfono inteligente", más conocido en Bolivia como "celular" o "móvil", parece ser hoy todo menos un teléfono, es decir, un aparato que hasta hace pocos años era empleado para comunicarse oralmente a distancia. En la actualidad, aparte de la posibilidad de hacer y recibir llamadas para conversar, este dispositivo incluye tantas funciones que resulta difícil poderlas aprovechar en su totalidad.

El smartphone sirve para navegar por Internet, saber la fecha, la hora y el clima, despertarse, calcular, medir, hacer conversión de monedas, escuchar radio, ver televisión, encontrar noticias, tomar fotografías, grabar sonidos e imágenes, editar todos esos registros, localizar sitios, personas y objetos, programar actividades, oír música, producir, procesar, intercambiar y archivar documentos diversos, administrar agendas de contactos, tener iluminación, calcular, ejecutar operaciones bancarias, traducir idiomas, gestionar mensajes en distintos lenguajes, estudiar o enseñar, comprar y vender, etc., etc., además, por supuesto, de charlar con una o más personas ubicadas en distintos espacios. El smartphone es un poderoso equipo de información y comunicación, portable y de uso individual, pero también capaz de posibilitar interacciones de grupo o colectivas.

Para una población estimada de 12,7 millones de habitantes, se dice que hay 12,4 millones de esta clase de "teléfonos" en el país, de los que más del 95% estarían conectados a Internet regularmente. Pues bien, una distribución estadística simple indicaría que el 97,6% de los bolivianos posee un celular y es internauta, lo que evidentemente no llega a ser verdad debido, entre otros factores, a que muchas personas usan o tienen más de un dispositivo o a que el servicio de conexión es costoso y deficiente.

Pero más allá de esa cobertura cuantitativa de todos modos muy amplia, que daría lugar a pensar que la boliviana es una sociedad de las más comunicadas, informadas y conectadas, conviene volcar la mirada hacia aquello menos visible que trae aparejado el celular y que puede resultar sumamente preocupante.

Al respecto, Han inscribe a este dispositivo y sus finalidades en el marco de lo que denomina el "régimen de la información", que define como "la forma de dominio en la que la información y su procesamiento mediante algoritmos e inteligencia artificial determinan de modo decisivo los procesos sociales, económicos y políticos".

Explica que a diferencia de lo que sucedía bajo el "régimen de la disciplina" propio del capitalismo industrial, orientado a controlar los cuerpos (la biopolítica de Michel Foucault) para convertirlos en máquinas funcionales al sistema y su reproducción, en el nuevo esquema de sometimiento, correspondiente a la fase neoliberal capitalista, el control es más bien sutil y opera sobre la psique, mediante la psicopolítica.

El mundo vive, entonces, en la "sociedad de la vigilancia", pues las cámaras, los micrófonos y las pantallas son casi omnipresentes, operan 24/7 (todo el día y todos los días) y constituyen un entramado en que está atrapada buena parte de la humanidad, ya que, como dice el referido filósofo, ella se entrega sin pensarlo al sistema y le provee continuamente de preciada y detallada información personal con la sensación, además, de que ejerce su libertad y da rienda suelta a su creatividad.

La combinación de la transparencia de los usuarios tecnológicos con la distribución y recepción algorítmicas de contenidos genera una nueva forma de "servidumbre voluntaria" que es el sustento de la dominación social contemporánea, la que paradójicamente —sostiene Han— "se presenta como libertad, comunicación y community". Los centros emisores fabrican tanto mensajes de llegada masiva como personalizados, pero que tienen como orientación común la creación de los públicos que el orden global necesita, creyentes en su autonomía y participación, más dirigidos con sutileza hacia una homogeneidad acrítica que socava la democracia.

Siguiendo la lógica que plantea el pensador surcoreano, cabría indicar que la política democrática se nutrió primero de la razón fomentada por los libros y el periodismo; posteriormente hicieron su ingreso los medios electrónicos, que originaron la mediocracia, con su carga de espectáculo, en particular en el caso de la televisión, que derivó en telecracia, la cual terminó por poner en crisis la antigua esfera pública basada en la razón. Hoy, explica Han, lo que se tiene es la infocracia, con sobreabundante información que entretiene y se produce, reparte y comparte de manera frenética, compulsiva y adictiva.

Ya "nuestra atención no se centra en cuestiones relevantes para la sociedad en su conjunto", asevera el filósofo, con lo que los temas y los tiempos de la información se atomizan, a la vez que las decisiones y acciones de los individuos fragmentados en la vida real —pero "enredados" en la virtualidad- se hacen cortoplacistas, pragmáticas e instrumentales, con lo cual se vacían de provecho social y sentido histórico.

Y mientras el celular pone casi toda la vida de sus usuarios a disposición de quienes controlan los datos globales, la "democracia digital" deviene una burda caricatura que sustituye el debate y la participación ciudadana con los posts y los likes.

El smartphone, en estos planos de la libertad humana y la convivencia en comunidad, es por ello, en la práctica, un enemigo. El pequeño problema al respecto está en que la mayor parte de las personas lo tienen junto a sí 24/7 v les resulta impensable desarraigarlo de su cotidianidad, así sea por algunos minutos.

*El autor es especialista en comunicación y análisis político; también, vicepresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz

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